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REALIDAD Y FICCIÓN
LECTURA, COMENTARIO, CREACIÓN
Edición
de la página
Web de la profesora Mercedes Laguna I.E.S. "Pedro Jiménez Montoya" Baza (Granada) |
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Notre-Dame de Paris Victor Hugo, 1831
LIBRO SEGUNDO 1ª parte (PDF)
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DE CARIBDIS A ESCILA
Anochece muy pronto en enero y cuando Gringoire salió del palacio, las calles estaban ya desiertas. Aquella oscuridad le agradó y se impacientaba ya por llegar a alguna callejuela sombría y desierta, para poder allí meditar a sus anchas y para que el filósofo hiciera la primera cura en la herida abierta del poeta. En aquellos momentos la filosofía era su único refugio, pues además no sabía a dónde ir. Después del estrepitoso fracaso de su intento teatral no se atrevía a volver a la habitación que ocupaba en la calle Grenier‑sur‑l'Eau frente al Port‑au‑Foin. El pobre hombre había contado con lo que el preboste le pagaría por su epitalamio para, a su vez, liquidar con maese Guillaume DoulxSire, encargado de los arbitrios de las reses de pezuña partida de París, los seis meses de alquiler que le debía; es decir, doce sueldos parisinos. Doce veces más que todo lo que él tenía, incluidas sus calzas y su camisa. Después de pensar un momento, cobijado provisionalmente bajo el portillo de la prisión del tesorero de la Santa Capilla, en qué lugar podría pasar aquella noche, teniendo como tenía a su disposición todos los empedrados de París, se acordó de que la semana anterior había visto en la calle de la Savaterie, a la puerta de un consejero del parlamento, una de esas piedras que sirven de escalones para poder subirse a las mulas, y de haber pensado que, en caso de necesidad, podría servir de almohada a un mendigo o a un poeta, y dio gracias a la providencia por haberle sugerido tan buena idea; pero, cuando se preparaba para atravesar la plaza del palacio y adentrarse en aquel tortuoso laberinto de las calles de la Cité, por donde serpentean todas esas viejas hermanas que son las calles de la Barilleirie, de la Vieille Draperie, de la Savaterie, de la juiverie, etc., que aún se mantienen hoy con sus casas de nueve pisos, vio la procesión del papa de los locos que salía también del palacio, enfilando casi su mismo camino, con acompañamiento de gran griterío de antorchas encendidas, y la orquestilla del pobre Gringoire. A su vista se reavivaron las heridas de su amor propio y huyó. En la amarga desgracia de su aventura dramática, todo recuerdo de ese día le agriaba y le abría de nuevo su llaga. Quiso pasar entonces por el puente de Saint‑Michel por el que corrían unos muchachuelos tirando petardos y cohetes. ‑¡Al diablo todos los cohetes! ‑dijo Gringoire y se encaminó hacia el Pont‑au‑Change. Habían colgado, en las casas situadas a la entrada del puente, tres telas que representaban al rey, al delfín y a Margarita de Flandes, y otros seis paños más pintados esta vez con retratos del duque de Austria del cardenal de Borbón, del señor de Beaujeu, de doña Juana de Francia así como del bastardo del Borbón y no sé qué otro más; todos ellos iluminados con antorchas para ser vistos por la multitud. ‑¡Buen pintor ese Jean Fourbault! ‑dijo Gringoire con un profundo suspiro, dando la espalda a todas aquellas pinturas para adentrarse en una calle oscura que surgía ante él. Tan solitaria parecía que pensó que, metiéndose en ella, podría escapar a todo el bullicio y a todos los ruidos de la fiesta. Apenas hubo dado unos pasos, cuando sus pies tropezaron contra algo y cayó al suelo, era el ramo del mayo que los de la curia habían depositado por la mañana a la puerta del presidente del parlamento, en honor a la solemnidad de aquel día. Gringoire aguantó heroicamente aquel contratiempo y levantándose se dirigió hacia el río. Después de dejar tras de sí la torrecilla civil y la torre de lo criminal, caminó a lo largo del muro de los jardines reales por la orilla no pavimentada, en donde el barro le llegaba hasta los tobillos; llegó a la parte occidental de la isla de la Cité, se paró a mirar el islote del Passeur‑aux‑Vaches[1], desaparecido actualmente, con el caballo de bronce y el Pont‑Neuf[2]. Entre las sombras de aquel islote, parecía como una masa negra al otro lado del estrecho paso de agua blancuzca que le separaba de ella. Podía adivinarse por los rayos de una lucecita, una especie de cabaña en forma de colmena, en donde el barquero del ganado se cobijaba por las noches.
‑¡Ay feliz barquero que no sueñas con la gloria ni compones epitalamios! ‑pensó Gringoire‑. ¿Qué te importan a ti las bodas de los reyes o las duquesas de Borgoña ¡Para ti no hay más margaritas que las que crecen en el campo y que sirven de alimento a tus vacas! Y a mí, poeta, me abuchean y paso frío y debo doce sueldos por el alquiler, y las suelas de mis zapatos están tan gastadas y transparentes que podrían muy bien utilizarse como cristales para tu farol. ¡Gracias, barquero del ganado, porque tu cabaña me permite descansar la vista y me hace olvidar París! La explosión de un doble petardo, surgido bruscamente de la cabaña del barquero, le despertó de aquella especie de ensueño lírico en que se había sumido. Se trataba del barquero que sin duda quería también participar en las alegrías de aquella fecha y que había lanzado un cohete artificial. Aquella explosión puso a Gringoire la piel de gallina. ‑¡Maldita fiesta! ¿No podré librarme de ti ni siquiera aquí, junto al barquero? Luego miró cómo el Sena corría a sus pies y un terrible pensamiento cruzó por su mente. ‑¡Con cuanto placer me lanzaría al agua si no estuviera tan fría! ‑y tuvo entonces una reacción desesperada; puesto que no podía escapar ni al papa de los locos ni a las pinturas de Jehan Fourbault, ni a los ramos del «mayo» ni a los petardos, ni a los cohetes, lo mejor sería participar de lleno en la fiesta y acercarse a la plaza de Gréve. Al menos, pensaba, allí podré encontrar un tizón de la fogata para calentarme y podré cenar algunas migas de los tres enormes escudos de armas hechos con azúcar que habrán colocado presidiendo la mesa para el banquete público de la villa.
IILA PLAZA DE GRÈVE[3]
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Hoy día no quedan de la plaza de Grève, tal como existía entonces, más que algunos vestigios perceptibles apenas, como la atractiva torrecilla del ángulo norte de la plaza, cubierta por un encalado vulgar que borra las aristas de las esculturas y que incluso desaparecerá absorbida por esas nuevas construcciones que están acabando con todas las viejas fachadas de París. Quienes como nosotros no pasan por la plaza de Grève sin echar una ojeada de nostalgia y de simpatía a esa pobre torrecilla, estrangulada entre dos caserones de tiempos de Luis XV, pueden construir en su imaginación el conjunto de edificios al que pertenecía a imaginar íntegra la vieja plaza gótica del siglo XV. Era, como lo es hoy, un trapecio irregular, limitada en una de sus partes por el muelle y por una serie de casas altas, estrechas y sombrías en las otras tres. De día, podía admirarse la diversidad de sus edificaciones, esculpidas en piedra o talladas en madera, representando muestras completas de los diferentes modelos de arquitectura doméstica de la Edad Media, remontándose desde el siglo XV hasta el XI, desde el crucero que comenzaba a destronar la ojiva, hasta el arco románico, de medio punto, que había sido reemplazado por el arco ojival y que se extendía aún por el primer piso de aquella vieja casa de la Tour Roland que hace ángulo entre el Sena y la plaza, por el lado de la calle de la Tannerie. De noche sólo se distinguía, entre la masa de edificios, la silueta negra de los tejados desplegando en torno a la plaza su cadena de ángulos agudos. Y es que una de las diferencias más palpables entre las ciudades de antes y las de ahora, es que ahora las fachadas dan a las plazas y a las calles y antes eran los hastiales o los piñones los que daban a las plazas; es decir, que las casas han dado media vuelta desde hace dos siglos. En el centro, en la parte oriental de la plaza, se veía una construcción maciza, con mezcla de estilos, formada por tres viviendas superpuestas y que era conocida por los tres nombres que definen su historia, su destino y su arquitectura: la casa del delfín, por haberla habitado el delfín Carlos V; la mercancía, por haber servido de ayuntamiento, y la casa de los pilares, a causa de unos gruesos pilares que sustentaban sus tres plantas. Los ciudadanos encontraban en ella todo lo que una buena villa, como París, necesitaba: una capilla para rezar a Dios, una audiencia para juzgar, y parar en caso necesario los pies a los agentes del rey, y un desván, provisto de buena artillería, pues los burgueses de París saben que con frecuencia no basta con rezar y pleitear para defender los privilegios de su ciudad, sino que es necesario también disponer, en los desvanes del ayuntamiento, de Buenos arcabuces, aunque estén mohosos. La plaza de Grève tenía ya entonces ese aspecto siniestro que le confieren el recuerdo que ella misma evoca y el ayuntamiento de Dominique Boccador, sombrío sustituto de la casa de los pilares. Conviene añadir que un patíbulo y una picota o, como eran llamados entonces, una justicia y una escala erigidos juncos en medio de la plaza, tampoco contribuían mucho a no fijar la mirada en una plaza tan fatal, lugar de agonía de tanta gente y en donde cincuenta años más tarde iba a nacer la fiebre de San Vallier, enfermedad provocada por el horror al cadalso, monstruosa como ninguna otra enfermedad, por tener su origen no en Dios sino en los hombres. Es un consuelo, dicho sea de paso, el pensar que la pena de muerte que hace trescientos años llenaba con sus ruedas de hierro; con sus patíbulos de piedra y con todos sus permanentes instrumentos de suplicio, fijos en el suelo, la plaza de Grève o los mercados o la plaza Dauphine o la Croix‑du‑Trahoir o el mercado de los cerdos y el horrible Montfaucon y la plaza de los gatos y la puerta de Saint‑Denis y Champeaux; además de los que existían en la Puerta Baudets y en la Puerta de Saint Jacques; todo ello sin contar las numerosss escalas de los prebostes, del obispo, de los capítulos, de los abades, de los priores con derecho a administrar justicia, sin contar tampoco las condenas a morir ahogado en el Sena; es consolador que hoy, perdidas ya todas las piezas de su armadura, su derroche de suplicios, sus condenas de imaginación y fantasía, su cámara de torturas, a la que cada cinco años se añadía una cama de cuero en la prisión del Gran Châtelet, esa antigua soberana de la sociedad feudal, eliminada casi de nuestras leyes y de nuestras villas, atacada en todos los códigos, expulsada de plaza en plaza; es consolador en verdad que, después de todo esto, sólo tenga en nuestro inmenso París un rincón vergonzoso en la plaza de Gréve, una miserable guillotina, furtiva, vergonzante y siempre temerosa de ser sorprendida en flagrante delito, por la rapidez con que desaparece después de haber cumplido su misión.
III BESOS PARA GOLPES
Cuando Pierre Gringoire llegó a la plaza de Grève se encontraba aterido. Había dado un rodeo por el Pont‑aux‑Meuniers (Puente de los molineros) para así evitar la multitud concentrada en el Pont‑au‑ Changes (Puente del cambio) y las pinturas de Jean Fourbault; pero las ruedas de los molinos del obispo le habían salpicado al pasar y su blusón estaba empapado. Le parecía además que el fracaso de su obra le hacía aún más friolero y por eso apresuró la marcha para llegar antes a la gran fogata de la fiesta que ardía con un fuego impresionante en medie de la plaza. Una multitud considerable se apiñaba a su alrededor ‑¡Malditos parisinos! ‑se dijo para sí pues Gringoire, como verdadero poeta dramático que era, utilizaba con alguna frecuencia estos monólogos‑. ¡Y además no me dejan acercarme al fuego, ahora que necesito un hueco al calor! ¡Mis zapatos se han calado y esos malditos molinos me han puesto pingando! ¡Demonio de obispo y sus molinos! ¡Ya me gustaría saber para qué quiere un obispo tantos molinos! ¿Querrá hacerse obispo molinero? Si para ello necesita mi bendición, se la doy a él, a su catedral y a sus molinos. ¿Me dejarán un sitio junto al fuego todos esos mirones? ¿Qué pintarán ahí? ¡Calentarse! ¡Pues vaya cosa! ¡Menudo espectáculo mirar cómo se van quemando un centenar de leños! Fijándose un poco mejor se dio cuenta de que el círculo era un poco más ancho de lo necesario para calentarse y que toda aquella gente estaba allí concentrada por algo más que por el simple hecho de ver cómo se quemaba un buen montón de leños. En un buen espacio libre, abierto entre el fuego y el gentío, una joven estaba bailando. Tan fascinado se quedó ante aquella deslumbradora visión que, por muy poeta irónico o por muy filósofo escéptico que se considerara, no fue capaz de distinguir a primer golpe de vista si en realidad se trataba de un ser humano, de un hada o de un ángel. No era muy alta, pero lo parecía por la finura de su talle, que se erguía atrevido con agilidad; era morena pero se adivinaba que a la luz del día su tez debía tener ese reflejo dorado de las mujeres andaluzas y romanas. Sus pies, pequeños, también parecían andaluces. Se diría que estaban presos, pero cómodos a la vez, en sus graciosos zapatos. Bailaba y giraba como un torbellino sobre una vieja alfombra persa y, cada vez que se acercaba en sus giros vertiginosos, sus ojos negros lanzaban destellos de luz. Todo el mundo tenía sus ojos clavados en ella y la miraba boquiabierto. En efecto, al verla danzar así, al ritmo del pandero, con sus dos hermosos brazos jugando por encima de la cabeza, una, grácil y vivaz como una avispa, con su corpiño dorado, su vestido de mil colores lleno de vuelos, con sus hombros desnudos, sus piernas estilizadas que la falda, al hincharse, dejaba asonar con frecuencia; su pelo negro, su mirada de fuego, parecía una criatura sobrenatural. ‑En verdad ‑pensaba Gringoire‑, es una salamandra[4], una ninfa, una diosa o una de las bacantes del monte Ménalo[5]. En aquel momento una de las trenzas de la «salamandra» soltó y una moneda de latón que la sujetaba rodó por el suelo. ‑¡Ah, no! ‑se dijo Gringoire‑: ¡Es una gitana! Todo su entusiasmo se había esfumado. Nuevamente se puso a bailar y cogiendo del suelo dos sables, apoyó las puntas en su frente, haciéndolos girar en un sentido, al tiempo que ella lo hacía en el otro. Se trataba de una gitana efectivamente y, a pesar del desencanto de Gringoire, el conjunto aquel que la gente estaba presenciando se hallaba cargado de belleza y de magia. La fogata iluminaba con su resplandor crudo y rojizo que se reflejaba, tembloroso en los rostros de la muchedumbre y en la frente morena de la joven. Al fondo de la plaza se adivinaba un reflejo pálido y vacilante de sombras, contra la vieja fachada negra de la Maison aux Piliers[6] y contra los brazos de piedra de la horca.
Entre los mil rostros que este fulgor teñía de escarlata había uno que parecía absorto, como ningún otro, en la contemplación de la bailarina. Se trataba de una figura de hombre, austera, serena, sombría. Aquel hombre, cuya ropa quedaba oculta por la gente que le rodeaba, no tendría más allá de los treinta y cinco años; era calvo y apenas si algún mechón de pelo ralo y gris aparecía en sus sienes. Su frente se veía surcada de incipientes arrugas, pero los ojos hundidos denotaban una juventud extraordinaria, una vida ardorosa y una profunda pasión. Los mantenía prendidos en la gitana y mientras la alocada joven de dieciséis años bailaba y revoloteaba para satisfacción de todos, los pensamientos de aquel hombre se tornaban más sombríos. A veces una sonrisa y un suspiro se encontraban juntos en sus labios, resultando la sonrisa más dolorosa que el suspiro. La muchacha se detuvo por fin, jadeante, y el pueblo la aplaudió con delirio. ‑Djali ‑dijo de pronto la gitana. Entonces Gringoire vio llegar a una linda cabrita blanca, espabilada, ágil, lustrosa, con cuernos dorados, pezuñas doradas y un collar dorado. No la había visto hasta entonces pues había estado echada todo el rato en un rincón de la alfombra, mirando bailar a su ama. ‑¡Djali!, ahora te toca a ti ‑dijo la bailarina. Y sentándose entregó graciosamente el pandero a la cabra. ‑¡Djali! ‑continuo‑; ¿en qué mes del año estamos? La cabra levantó su pata delantera y golpeó una vez en el pandero. Era el primer mes del año, en efecto, y la multitud aplaudió. ‑¡Djali! ‑dijo la joven volviendo el pandero al revés‑. ¿En qué día del mes estamos? La cabrita levantó su patita dorada y golpeó seis veces el pandero. ‑¡Djali! ‑prosiguió la gitana cambiando nuevamente la posición del pandero‑. ¿Qué hora es? Djali golpeó siete veces el pandero, justo además en el instante en que daban las siete en el reloj de la Maison aux Piliers. La gente estaba maravillada. ‑¡Hay brujería en esto! ‑dijo una voz siniestra en el gentío. Era la del hombre calvo, que no había apartado sus ojos de la gitana. La joven se estremeció y se volvió hacia él, pero los aplausos de la gente sofocaron aquella exclamación; incluso consiguieron borrarla de su mente porque la gitana continuó con su cabra. ‑¡Djali! ¿Cómo hace maese Guichard Grand‑Remy, el capitán de los pistoleros[7] de la villa en la procesión de la Candelaria? Djali, apoyándose en sus patas traseras, comenzó a balar y a andar con tal gracia y tan seriamente que todo el círculo de espectadores se echó a reír ante esta parodia del celo del capitán de los pistoleros. ‑¡Djali! ‑prosoguió la joven, animada por su creciente éxito‑. ¿Cómo predica maese Jacques Charmolue, procurador del rey en los tribunales de la Iglesia? La cabra se puso nuevamente de pie, bailando y moviendo sus patas delanteras de una manera tan extraña que, exceptuando su mal francés y su mal latín, era el mismo Jacques Charmolue, con sus gestos, con su acento y en definitiva con sus mismas formas de actuar. Y la multitud aplaudía a rabiar. ‑¡Sacrilegio y profanación se llama a eso! ‑exclamó de nuevo la voz de aquel hombre. La gitana se volvió de nuevo hacia él. ‑¡Ah!, ¡es ese hombre ruin otra vez! ‑y luego, haciendo una mueca con la boca, en un gesto que debía serle familiar, giro sobre sus talones y se dispuso a recoger en su pandereta los donativos del público. Llovían las monedas, los ochavos, las de plata, grandes y pequeñas, sueldos... Cuando pasó ante Gringoire, éste se llevó la mano al bolsillo, en un gesto un canto distraído, y ella se detuvo. ‑¡Demonio! ‑dijo el poeta, al no encontrar más que el fondo de su bolsillo, es decir, nada. Sin embargo, allí estaba la hermosa joven mirándole con sus negros ojos, mientras esperaba con la pandereta tendida hacia él. Gringoire sudaba la gota gorda. El Perú le habría dado, si lo hubiera tenido en el bolsillo, pero Gringoire no tenía el Perú, ni tan siquiera se había aún descubierto América. Por suerte, un pequeño incidente fortuito vino a sacarle de apuros. ‑¡Quieres largarte ya, saltamontes egipcio! ‑gritó una voz agria, desde el lado más sombrío de la plaza. La joven se volvió asustada. No se trataba ahora de la voz de aquel hombre calvo, sino de una voz de mujer, con tinte de maldad. Aquel grito que canto asustó a la gitana provocó sin embargo la risa de un grupo de niños que rondaba por allí. ‑Es la prisionera de la Tour‑Roland ‑decían entre risas‑; es la gruñona de la Sachette; seguro que aún no ha cenado; dadle alguna sobra del convite de la ciudad ‑y todos se dirigieron hacia la Maiton aux Piliers. Gringoire aprovechó aquel momento de duda y turbación de la bailarina para desaparecer. Los gritos de los críos le recordaron su vientre vacío y corrió hacia la mesa del banquete, pero las piernas de aquellos pilluelos eran más rápidas que las suyas y, cuando llegó, habían ya arrasado con todo y no quedaba ni un triste pastelillo de los de a cinco perras la libra. Sólo se veían en la pared unas esbeltas flores de lis, entremezcladas con algún rosal, pintadas hacia 1434 por Mathieu Biterne. ¡Como cena era bien poco!, y resultaba muy fastidioso acostarse sin cenar aunque, bien mirado, peor era no cenar y no tener en dónde dormir. Ése era su problema: ni pan ni techo. Se veía acosado por doquier y la fortuna no se le mostraba nada propicia. Hacía tiempo que Gringoire estaba convencido de que Júpiter creó a los hombres en un acceso de misantropía y que, durante toda su vida, el sabio tendrá su filosofía en estado de sitio y acosada por el destino. En cuanto a él, nunca el cerco había sido tan completo. Oía cómo su estómago tomaba posiciones y no le parecía conveniente que el hambre y la mala fortuna asediaran de cal forma a la filosofía. Este melancólico pensamiento le absorbía cada vez con más fuerza, cuando una extraña canción, llena de dulzura, le sacó bruscamente de sus ensueños. Era otra vez la gitana que se había puesto a cantar. Su voz y su danza eran como su belleza, encantadoras, aunque difíciles de definir. Eran algo así como una especie de pureza, de sonoridad, como algo etéreo y volátil. Era una continua eclosión de melodías, de cadencias originales, de tonos sencillos, mezclados con notas agudas y vibrantes de gamas y arpegios que hubieran incluso confundido a un ruiseñor. Eran suaves modulaciones de la voz que subían y bajaban como el pecho de la joven cantante. Su bello rostro seguía con una agilidad singular todos los caprichos de su canto desde la inspiración más original hasta la más casta dignidad. Parecía a veces una loca y a veces una reina. La letra de sus canciones pertenecía a una lengua desconocida para Gringoire y que incluso debía serlo también para ella por la escasa relación que parecía existir entre la música y la letra. Estos cuatro versos, por ejemplo, eran cantados por ella con una loca alegría:
Un cofre con gran riqueza Hallaron dentro un pilar, Dentro del, nuevas banderas Con figuras de espantar
Y poco después, ante el acento que dio a esta estancia:
Alarabes de cavallo Sin poderse menear Con espadas, y los cuellos Ballestas de buen echar[8].
Gringoire sentía que se le saltaban las lágrimas. La canción transpiraba una alegría singular y la muchacha daba la sensación de estar cantando como lo hacen los pájaros, despreocupada y con serenidad. La canción de la bohemia había turbado las ensoñaciones de Gringoire, a la manera con que un cisne turba la calma del estanque. La escuchaba con una especie de arrebato y de olvido de todo. Era el primer momento que pasaba sin sufrir, desde hacía muchas horas. Pero ese momento fue más bien corto, pues la misma voz de aquella mujer, que ya antes interrumpiera la danza de la gitana, lo hizo de nuevo gritando desde el mismo oscuro rincón de la plaza. ‑Quieres callarte, cigarra del infierno. La pobre cigarra se calló del todo y Gringoire se tapó los oídos y exclamó: ‑¿Quién es esa maldita sierra mellada que viene a romper la lira? Los demás espectadores murmuraban como él y más de uno dijo en voz alta: ‑¡Al diablo la Sachette! Y la invisible vieja, aguafiestas, habría tenido motivos para arrepentirse de sus agrestones a la gitana si los espectadores no se hubieran distraído en esos momentos con la procesión del papa de los locos que, tras su largo recorrido por las,calles de la villa, venía a desembocar en la plaza de Grève rodeado de antorchas y bullicio. Esta procesión que vimos iniciarse y partir desde el palacio se habría acrecentado al paso reclutando a toda clase de merodeadores y vagos de París que se sumaban a ella. Por eso, a su llegada .a la plaza de Grève, presentaba un aspecto más que respetable. En primer lugar, desfilaba Egipto; iba a la cabeza el duque de Egipto, a caballo, con sus condes sujetándole la brida y los estribos; detrás, egipcios y egipcias, mezclados todos, con sus hijos, gritando, cargados sobre los hombros. Todos ellos, conde, duque y pueblo, vestidos de harapos y de oropel. Seguía a continuación el reino del hampa[9], o lo que es igual, todos los ladrones de Francia, situados por orden de importancia, de menor a mayor.
Desfilaban así, de cuatro en cuatro, con sus enseñas respectivas para indicar sus categorías y los grados de aquella extraña facultad. Casi todos estaban lisiados; quienes cojos, quienes mancos, los vagos, los concheros, los hubertinos, los epilépticos, los calvos, los locos, los libertinos, los calaveras, los ruines, los ventajistas, los canijos, los mercachifles, los marrulleros, los huérfanos, los encapuchados...[10](11) toda una relación, en fin, como para cansar al mismo Homero. En el centro del cónclave de los encapuchados era difícil descubrir al rey del hampa, el gran coësre, acurrucado en un carrito, tirado por dos enormes perrazos. Detrás del reino del hampa venía el imperio de Galilea. GuiIlaume Rousseau, emperador de este imperio, desfilaba majestuoso vestido de una túnica púrpura manchada de vino, precedido de unos bufones que iban batiéndose y danzando; rodeado de sus maceros de sus servidores y de sus pasantes del tribunal de cuentas. En último lugar, desfilaban los curiales con sus «mayos» coronados de flores, sus hábitos negros, su música digna de un aquelarre y sus enormes velones de cera amarilla. En el centro de toda esta multitud, los grandes dignatarios de la cofradía de los locos llevaban sobre sus hombros unas andas más recargadas de cirios que el relicario de Santa Genoveva[11] en época de peste. Sobre las andas resplandecía con báculo, capa y mitra, el nuevo papa de los locos, el campanero de Nuestra Señora, Quasimodo el jorobado.
Cada cuerpo de la grotesca procesión tenía su música particular. Así los egipcios hacían sonar sus tímpanos y sus tambores africanos. Los hampones, raza muy poco musical, no pasaban de la viola, del cuerno y del rabel gótico del siglo XII. Tampoco el imperio de Galilea les superaba en gran cosa. Apenas si se distinguía en su música algún primitivísimo rabel, con notas que no iban más allá del re‑la‑mi; sin embargo, donde se desplegaban con más vigor, en medio de una impresionante cacofonía, todas las excelencias musicales de la época, era en torno al papa de los locos. Eran notas agudas del rabel, contra‑altos y bajos del rabel, sin olvidar, claro está, las flautas y el cobre. Que no lo olviden los lectores: se trataba de la orquesta de Gringoire. Es muy difícil hacerse una idea del grado de regocijo orgulloso al que había llegado, en el trayecto del palacio a la Gréve, el repulsivo y triste rostro de Quasimodo. Era sin duda la primera satisfacción de amor propio jamás experimentada por él pues hasta entonces sólo humillaciones había recibido, o desdén por su condición o por lo repulsivo de su persona. Por muy sordo que fuera, no cabe duda de que saboreaba, como auténtico papa, todas las aclamaciones de la multitud, a la que odiaba porque también él se sentía odiado por ella. ¡Poco le importaba que sus súbditos se redujeran a un montón de locos, tullidos, ladrones o mendigos! Daba igual pues, en cualquier caso, constituían un pueblo y él era su soberano y por ello tomaba en serio todos aquellos aplausos burlones, aquellas deferencias grotescas, entre los que podía entreverse un cierto trasfondo de miedo real entre el gentío, pues el jorobado era un gigantón y, aunque zambo, era bastante ágil y también irascible a pesar de su sordera; tres cualidades para moderar lo ridículo. Era difícil, por otra parte, conocer si el nuevo papa de los locos era consciente de sus propios sentimientos y de los que él mismo inspiraba en la gente, pues el espíritu que habitaba su cuerpo fallido debía ser forzosamente algo incompleto y sordo también. Por eso sus impresiones, al verse así, ante la gente, eran muy confusas a imprecisas. Lo que dominaba más claramente era una sensación de orgullo y su manifestación más clara era la alegría. Existía como un halo en torno a aquella sombría y contrahecha criatura. Por todo esto hubo miedo y sorpresa cuando, en el momento en que Quasimodo, ebrio de orgullo, pasaba triunfalmente ante la Maison‑aux‑Piliers, un hombre surgió de pronto de entre el gentío y le arrancó de las manos con un gesto de cólera el báculo de madera dorada, representación de su loca dignidad papal. Aquel hombre tan temerario era el personaje calvo que se encontraba poco antes entre los espectadores que admiraban a la gitana, y que la había dejado helada al proferir aquellas palabras de amenaza y odio. Llevaba ropa de eclesiástico y hasta Gringoire, que no le había reconocido hasta entonces, se fijó en él al salir de entre el gentío. ‑¡Anda! ‑dijo con sorpresa‑, ¡pero si es mi maestro en ciencias[12], don Claude Frollo, el archidiácono! ¿Qué diablos está haciendo con ese horrible tuerto? ¡Le va a destrozar Quasimodo!
Y efectivamente surgió un grito de terror cuando el enorme Quasimodo se tiró de las andas. Muchas mujeres volvieron la vista para no ver cómo destrozaba al archidiácono. Se abalanzó sobre él pero, al verle así, de cerca, se echó de rodillas a sus pies. El clérigo le quitó la tiara, le rompió el báculo y le rasgó su capa de relumbrón. Quasimodo siguió de rodillas, humilló la cabeza y juntó las manos en ademán de súplica. Luego se entabló entre ambos un extraño diálogo de gestos y de signos porque ninguno de los dos hablaba. El clérigo, de pie, irritado, con gesto amenazador a imperativo y Quasimodo prosternado humillado y suplicante, cuando la verdad es que, con un solo dedo, podría haber aplastado al clérigo. Finalmente el archidiácono sacudió con violencia los hombros de Quasimodo y le hizo una seña para que se levantara y éste se levantó. Entonces la cofradía de los locos, repuestos ya de esos momentos de estupor, quiso defender a su papa, tan bruscamente destronado. Los egipcios, los hampones y los curiales se acercaron vociferando en torno al clérigo. Entonces Quasimodo se colocó ante él, protegiéndole, al mismo tiempo que enseñaba sus músculos y sus puños de atleta y, enfrentándose a los asaltantes, les mostró sus dientes, cual tigre enfurecido. El clérigo recobró su sombría seriedad, hizo una seña a Quasimodo y se retiró, silencioso, precedido del gigantón que iba apartando a la gente a su paso. Cuando llegaron al final de la plaza, después de atravesar la multitud, la nube de curiosos y de desocupados pretendió seguirlos; entonces Quasimodo se colocó detrás del archidiácono, mirando a la gente y marchaba de espaldas, corpulento, agresivo, monstruoso a hirsuto como él era; tensando sus músculos, pasándose la lengua por sus dientes de jabalí, gruñendo como una bestia salvaje y haciendo amago de abalanzarse sobre sus perseguidores con los gestos o con la mirada. Desaparecieron los dos por una calleja estrecha y tenebrosa y nadie se arriesgó en su persecución, pues la nueva visión de Quasimodo rechinando los dientes daba la sensación de cerrar la entrada. ‑¡Es algo increíble! ‑dijo Gringoire‑, pero, ¿en dónde diablos encontraré algo para cenar?
[1] Barquero de las vacas. [2] El islote: actualmente la punta o el extremo del Vert‑Galant en donde termina, río abajo, la isla de la Cité. La estatua de Enrique IV a la que se hace alusión fue erigida en 1614. Era la primera vez que se exponía en Francia, a la veneración pública, la representación de un personaje contemporáneo (Enrique IV, primer monarca de la casa de Borbón, rey de Navarra abjuró, recuérdese su frase «Parfs bien vale una misa», y fue nombrado Rey de Francia en 1583). Promulgó en 1598 el Edicto de Nantes, garantizando a los protestantes la libertad de culto. Fue asesinado por Ravaillac en 1610.
[3] Lo que hoy es la plaza del Hótel de ville (Ayuntamiento) se conocía como plaza de Grève hasta 1830. Bajaba suavemente hasta el río Sena. En la Edad Media era el punto de reunión de los obreros sin trabajo. Bajo el antiguo régimen, los burgueses y demás gentes del pueblo que habían sido condenados a muerte, eran ahorcados en esta plaza. Los nobles o personajes de relieve eran decapitados allí mismo con hacha o con espada, y los culpables de herejía eran quemados vivos, así como muchos de los acusados de brujería. A los asesinos se les colocaba en la «rueda» y a los acusados de crímenes de lesa majestad se les descuartizaba.
[4] Existía la creencia de que la salamandra vivía en el fuego. [5] Monte de Arcadia consagrado al culto de Baco. Los recuerdos de la antigüedad y el ocultismo contemporáneo, con sus propios cultos, forman una mezcla muy característica de la Edad Media, y constante en Nuestra Señora de París. [6] La casa de los pilares.
[7] La pistola era entonces un arma blanca ‑daga o puñal‑ así llamada por ser fabricada en Pistoia, en la Toscana; es solo a partir del siglo XVI cuando este nombre comienza a designar arma de fuego. [8] Son versos sacados de un antiguo romancero español que hablaban sobre la entrada del rey Rodrigo en Toledo, publicado en 1821 por Abel Hugo, hermano del escritor. Los dos últimos versos por ejemplo, tienen este texto: Con espadas a los cuellos Ballestas de bien tirar.
[9] La descripción del mundo del hampa que Hugo hace a continuación tiene una base, en cuanto a los elementos utilizados, en la descripción de la corte de los milagros de Sauval. Muchos escritores del siglo xtx principalmente Balzac, han utilizado con frecuencia el tema de los truhanes, con su argot y sus organizaciones secretas de los bajos fondos.
[10] A título orientativo, damos una exposición aproximada de los diferentes dignatarios del reino del hampa, con la traducción aproximada de sus nombres: Concheros: falsos peregrinos de Santiago, con sus conchas como distintivo. Hubertinos: decían haber sido mordidos por lobos rabiosos y sanados por San Huberto. Epilépticos: falsos epilépticos que echaban espuma por la boca, ayudándose de jabón en ella introducido. Calvos: que se decían curados de la tiña, en sus peregrinaciones. Los locos: iban de cuatro en cuatro, siempre acompañados de sus botellas. Los ruines: siempre ayudados por sus muletas (falsos cojos en muchas ocasiones). Ventajirtas: o ganchos que fingían perder o ganar en el juego para atraer a otros ingenuos. Huérfanos: Los mendigos más jóvenes. Encapuchados: Pretendían, falsamente, tener la lepra. [11] Santa Genoveva es la patrona de París. En el año 451, Atila atraviesa el Rhin con casi 700.000 hombres. Se acerca a París y sus habitantes, presos por el pánico, comienzan a huir. Entonces, Genoveva, una joven consagrada a Dios, les tranquiliza, convencida de que París será respetada gracias a la protección divina. Los hunos dudaron sobre la acción a seguir y por fin se dirigieron hacia Orleáns, al sur de París. Entonces, la ciudad reconoció a Genoveva como su patrona. Diez años después, son los francos los que asedian París. La ciudad está a punto de entregarse, rendida por el hambre, pero Genoveva logra escapar a la vigilancia enemiga y se aprovisiona de víveres y vuelve con la misma suerte con que había conseguido escapar. La acción se considera milagrosa. A su muerte, en el año 512, se la entierra junto a Clodoveo en la basílica que éste había construido en el 510.
[12] En ciencias ocultas, como la astrología, la alquimia, la magia, con las que Claudio Frollo se hallaba muy relacionado.
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