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Web de la profesora Mercedes Laguna

 I.E.S. "Pedro Jiménez Montoya" Baza (Granada) 

 

 

Notre-Dame de Paris

Victor Hugo, 1831

Fotografía de la Enciclopedia Británica

 

Final del Capítulo IV del Libro primero

 

Era desolador aquello. Salvo Gisquette y Lienarda que se volvían hacia Gringoire cuando éste las tiraba de la manga, salvo aquel personaje paciente y rechoncho que se encontraba a su lado, nadie escuchaba, nadie se preocupaba para nada de la pobre farsa. Gringoire sólo veía los rostros de perfil.

¡Con cuanta amargura veía derrumbarse paso a paso todo aquel tinglado de gloria y de poesía! ¡Y pensar que aquella multitud había estado a punto de revelarse contra el bailío del palacio, impaciente por ver su obra! ¡Y ahora que estaba representándose no les importaba! ¡Una representación que había comenzado entre el clamor unánime del pueblo! ¡Eternos flujo y reflujo del fervor popular! ¡Y pensar que habían estado a punto de lanzarse contra los guardias del bailío! ¡Qué no habría dado él, Gringoire, por volver de nuevo a esos dulces momentos del comienzo!

Con la llegada de todos los embajadores había cesado aquel brutal monólogo del ujier y el poeta pudo por fin respirar. Los actores habían ya recomenzado valientemente, cuando he aquí que maese Coppenole, el calcetero, se levanta de pronto y, ante la atención de toda la sala, Gringoire le oye pronunciar esta abominable arenga.

Señores burgueses y terratenientes de París, ¡En el nombre de Dios! Me estoy preguntando qué hacemos aquí. Estoy viendo allá, en aquel escenario, a gentes que parece que quieren pegarse y desconozco si es a eso a lo que vosotros llamáis misterio pero, en cualquier caso, no es divertido. ¡Pelean con las palabras y nada más! Hace ya un buen rato que espero impaciente el primer golpe y no lo veo; son cobardes que sólo se ofenden con injurias. ¡Deberían haber traído a luchadores de Londres y de Rotterdam para saber lo que es bueno! Se habrían dado tales puñetazos que podrían oírse desde la plaza. Pero esos dan pena. ¡Si al menos nos hubieran dado una danza morisca o algo por el estilo! A mí me habían hablado de otra cosa; me habían prometido una fiesta de locos con la elección de un papa. También nosotros tenemos nuestro papa de los locos en Gante y en esto ¡voto al diablo!, no os vamos a la zaga. Os voy a decir cómo lo hacemos: nos reunimos, como vosotros, un gentío enorme, y luego, uno por uno, van metiendo su cabeza por un agujero, que da al lugar en donde se encuentra el público, y comienzan a hacer muecas. El que haya hecho la mueca más fea queda nombrado papa por aclamación popular. Os aseguro que es muy divertido. ¿Queréis elegir vuestro papa a la manera de mi tierra? Siempre será menos latoso que escuchar a estos charlatanes quienes, por cierto, también podrán entrar en el juego, si se deciden a hacer su mueca en el agujero. ¿Qué dicen a esto, señores burgueses? Hay aquí suficiente muestra grotesca de ambos sexos para divertirnos a la flamenca y somos lo suficientemente feos para hacer bonitas muecas.

Gringoire le habría respondido si la indignación, la cólera y la estupefacción, no le hubiesen dejado mudo. Pero, como además la propuesta del popular calcetero fue acogida con tan enorme entusiasmo por los burgueses ‑halagados al oírse llamar terratenientes‑ todo habría resultado inútil. No había más que seguir la corriente y Gringoire se cubrió la cara con las manos, lamentando no disponer de un manto, para taparse la cabeza como el Agamenón de Timanto(30).

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(30). Fue un pintor griego, nacido en el 400 antes de Cristo, cuyo cuadro más célebre era un sacrificio de Ifigenia, donde se veía a Agamenón cubriéndose el rostro.

 

 Capítulo V del Libro primero

 

QUASIMODO

 

En un abrir y cerrar de ojos todo se preparó para poner en práctica la idea de Coppenole. Burgueses, estudiantes y curiales se pusieron a trabajar y como escenario para las muecas se eligió una pequeña capilla que se hallaba frente a la mesa de mármol. Después se rompió uno de los cristales del bello rosetón situado sobre la puerta, dejando libre un círculo de piedra por don­de se decidió que los participantes deberían meter la cabeza. Para llegar a él bastaba con subirse a dos toneles, cogidos no se sabe en dónde y puestos uno sobre otro sin apenas estabilidad. Se reglamentó también que cada candidato, hombre o mujer (también podía elegirse una papisa), con el fin de que no se pudieran ver sus muecas antes de meter la cabeza por aquella lucera, se cubrie­ra el rostro y lo mantuviera tapado en la capilla hasta el momento de su aparición. La capilla se llenó en muy poco tiempo con un buen número de concursantes tras los cuales se cerró la puerta.

 

Coppenole desde su sitio del estrado daba las órdenes, dirigía, lo arreglaba todo. En medio de aquel bullicio, el cardenal, tan desconcertado como Gringoire, so pretexto de resolver unos asuntos y de asistir a las vísperas, se retiró junto con su séquito, sin que la muchedumbre, tan vivamente agitada en el momento de su llegada, lamentara mínimamente su ausencia. Fue Guillermo Rym el único en advertirla. La atención popular, igual que hace el sol, proseguía su curso y recorría la sala de parte a parte, después de detenerse unos instantes en el centro. La mesa de mármol y el estrado habían atraído la atención, pero ahora le tocaba el turno a la capilla de Luis XI. Se había dado rienda suelta a la locura y ya no se veían más que flamencos y populacho.

 

Comenzaron las muecas. La primera cara que apareció por aquel agujero o tragaluz con párpados enrojecidos y con la boca tan abierta como unas fauces y con tantas arrugas en la frente como las botas de los húsares del imperio, provocó tan ruidosas risotadas, que el mismo Homero habría confundido a aquellos villanos con dioses del Olimpo. Pero aquella sala no era, ni mucho menos, el Olimpo y el pobre Júpiter de Gringoire lo sabía mejor que nadie. Se sucedieron la segunda, la tercera y otras muecas más, y siempre provocaban las risotadas y el jolgorio de la multitud. Era como si aquel espectáculo tuviera algo de embriagador o de fascinante difícil de ser transmitido al lector de nuestros días.

 

Habría que imaginarse una serie de rostros que presentaran sucesivamente todas las formas geométricas, desde el triángulo hasta el trapecio, desde el cono al poliedro, todas las expresiones humanas, desde la cólera hasta la lujuria; todas las edades, desde las arrugas de un recién nacido, hasta las de una vieja moribunda; todas las fantasmagorías religiosas, desde el fauno hasta Belcebú; todos los perfiles de animales, desde unas fauces hasta un pico des­de el morro al hocico. Imaginemos aún los mascarones del Pont­Neuf o las pesadillas pétreas salidas de la mano de Germain Pilon(31), adquiriendo vida y espíritu y acercándose para miraros frente a frente con sus ojos de fuego; o imaginad todos los disfraces del carnaval de Venecia sucediéndose ante el cristal de vuestro catalejo. En una palabra: un calidoscopio humano.

 

Aquella orgía era cada vez más propiamente flamenca. Un cuadro de Teniers nos daría aún una idea harto imperfecta. Imaginemos más bien, en auténtica bacanal, una de las batallas pintadas por Salvator Rosa. Allí no quedaban ya ni estudiantes, ni em­bajadores, ni burgueses, ni hombres, ni mujeres. No había ya ningún Clopin Trouillefou, ni Gilles Lecornu, ni Marie Quatrelivres, ni Robin Poussepain; todo se borraba en el libertinaje colectivo. La gran sala no era sino un inmenso horno de desvergüenza y jovialidad, en donde cada boca era un grito, cada ojo un destello de luz, cada rostro una mueca y cada individuo una postura.

Todo allí gritaba y rugía; los extraños rostros que llegaban, uno tras otro, al rosetón a hacer sus muecas, eran como teas encendidas echadas en aquel enorme brasero que era la sala y, de todo aquel gentío en efervescencia, subía como el vapor de un horno, un rumor agrio, agudo, duro y silbante como las alas de un moscardón.

 

‑¡Hala! ¡Maldición!

‑¡Mira ésa! ¡Fíjate qué cara!

‑¡Bueno! ¡No es para tanto!

‑¡Otra! ¡Que salga otra!

‑¡Guillemette Maugerepuis, mira ese motro de toro! ¡Sólo le faltan los cuernos! ¿No será tu marido?

‑¡Otro! ¡Que salga otro!

‑¡Por la barriga del papa! ¡Qué cara es ésa!

‑¡Eh eh! ¡Eso es trampa! ¡Eso no es la cara! ¡Sólo se puede enseñar la cara!

‑¡Esa condenada de Perrette Callebotte es capaz de todo! ‑¡Bravo! ¡Bravo!

‑¡Uff! ¡Me ahogo!

‑¡Mira! ¡A ése no le caben las orejas por el agujero!... Pero seamos justos con nuestro amigo Jehan. En medio de aquel alboroto, aún se le veía en lo alto del pilar, como a un grumete en su gavia. Bregaba con una furia increíble. De su boca totalmente abierta se escapaban gritos incomprensibles, no porque la intensidad del clamor general los ahogase, sino porque segura­mente iban más allá del límite de la escala perceptible de los so­nidos agudos: las doce mil vibraciones de Sauveur o las ocho mil de Biot (32).

 

 Gringoire, por su parte, después de aquellos momentos de abatimiento, había conseguido rehacerse y se mostraba decidido a hacer frente a cualquier adversidad.

‑Continuad, repetía una vez más a sus comediantes, auténti­cas máquinas parlantes y, dando grandes pasos ante la mesa de mármol, le entraban deseos de acercarse también a la lucera de la capilla, aunque no fuera más que para darse el gusto de hacerle una mueca de burla a aquel pueblo ingrato.

«Nada de venganzas que serían indignas de nosotros; luchare­mos hasta el fin», se repetía, «porque el influjo que la poesía tie­ne sobre el pueblo es muy grande y acabaré por interesarles. Ve­remos quién gana si las vulgaridades o las bellas letras.»

Pero, ¡ay!, sólo él quedó como espectador de su propia obra y ahora era todavía peor que antes pues ya sólo veía las espaldas de la gente. Esto no es totalmente cierto, pues aquel hombre pa­ciente y rechoncho, a quien ya había consultado poco antes, mi­raba aún al escenario. Gisquette y Lienarda hacía ya rato que ha­bían desertado.

Gringoire se emocionó hasta el fondo de su corazón ante la fi­delidad de aquel espectador y se acercó a él para hablarle, pero hubo de sacudirle fuertemente, pues el pobre se había adormila­do, apoyado en la balaustrada.

‑Muchas gracias, señor ‑le dijo Gringoire.

‑¿De qué señor? ‑contestó el otro con un bostezo.

‑Ya me doy cuenta de que todo ese ruido os impide oír a gus­to la obra ‑le dijo Gringoire‑. Tranquilizaos porque os prometo que vuestro nombre pasará a la posteridad. ¿Cómo os llamáis?

‑Renault Château, guardasellos del Châtelet de Paris, para serviros.

‑Señor, sois aquí el único representante de las musas ‑dijo Gringoire.

‑Muchas gracias; sois muy amable ‑añadió el guardasellos del Châtelet.

‑Sois el único que ha escuchado la obra, ¿qué os ha parecido?

‑Vaya ‑respondió el rechoncho magistrado, un tanto ador­milado aún‑: interesante, bastante buena en realidad.

Hubo de contentarse Gringoire con tal elogio pues una atronadora salva de aplausos, en medio de un griterío ensordecedor, puso fin a su conversación. Se había, por fin, elegido el papa de los locos.

‑¡Viva!, ¡viva! ‑gritaba la multitud.

En efecto, la mueca que en aquel momento triunfaba en el hueco del rosetón era algo formidable.

 

Después de tantas caras hexagonales o pentagonales y heteróclitas que habían pasado por la lucera sin culminar el ideal grotesco, formado en las imaginaciones exaltadas por la orgía sólo la mueca sublime que acababa de deslumbrar a la asamblea habría sido capaz de arrancar los votos necesarios. Hasta el mismo maese Coppenole se puso a aplaudir y Clopin Trouillefou, que también había participado ‑y sólo Dios sabe cuán horrible es la fealdad de su rostro‑ se confesó vencido y lo mismo haremos nosotros, pues es imposible transmitir al lector la idea de aquella nariz piramidal, de aquella boca de herradura, de aquel ojo izquierdo, tapado por una ceja rojiza a hirsuta, mientras que el derecho se confundía totalmente tras una enorme verruga, o aquellos dientes amontonados, mellados por muchas partes, como las almenas de un castillo, aquel belfo calloso por el que asomaba uno de sus dientes, cual colmillo de elefante; aquel mentón partido y sobre todo la expresión que se extendía por todo su rostro con una mezcla de maldad, de sorpresa y de tristeza. Imaginad, si sois capaces, semejante conjunto.

La aclamación fue unánime. Todo el mundo se dirigió hacia la capilla y sacaron en triunfo al bienaventurado papa de los locos y fue entonces cuando la sorpresa y la admiración llegaron al colmo, al ver que la mueca no era tal; era su propio rostro.

Más bien toda su persona era una pura mueca. Una enorme cabeza erizada de pelos rojizos y una gran joroba entre los hombros que se proyectaba incluso hasta el pecho. Tenía una combinación de muslos y de piernas tan extravagante que sólo se tocaban en las rodillas y, además, mirándolas de frente, parecían dos hojas de hoz que se juntaran en los mangos; unos pies enormes y unas manos monstruosas y, por si no bastaran todas esas de­formidades, tenía también un aspecto de vigor y de agilidad casi terribles; era, en fin, algo así como una excepción a la regla general, que supone que, canto la belleza como la fuerza, deben ser el resultado de la armonía. Ése era el papa de los locos que acababan de elegir; algo así como un gigante roto y mal recompuesto.

Cuando esta especie de cíclope apareció en la capilla, inmóvil, macizo, casi tan ancho como alto, cuadrado en su base, como dijera un gran hombre(33), el populacho lo reconoció inmediatamen­te por su gabán rojo y violeta cuajado de campanillas de plata y sobre todo por la perfección de su fealdad, y comenzó a gritar como una sola voz:

‑¡Es Quasimodo, el campanero! ¡Es Quasimodo, el jorobado de Nuestra Señora! ¡Quasimodo, el tuerto! ¡Quasimodo, el pati­zambo! ¡Viva! ¡Viva!

 

Fíjense si el pobre diablo tenía motes en donde escoger:

‑¡Que tengan cuidado las mujeres preñadas! ‑gritaban los estudiantes.

‑¡O las que tengan ganas de estarlo! ‑añadió Joannes.

Las mujeres se tapaban la cara.

‑¡Vaya cara de mono! ‑decía una.

‑Y seguramente tan malvado como feo ‑añadió otra.

‑Es como el mismo demonio ‑porfiaba una tercera.

‑Tengo la desgracia de vivir junto a la catedral y todas las no­ches le oigo rondar por los canalones.

‑¡Como los gatos!

‑Es cierto; siempre anda por los tejados.

‑Nos echa maleficios por las chimeneas.

‑La otra noche vino a hacerme muecas por la claraboya y me asustó tanto que creí que era un hombre.

‑Estoy segura de que se reúne con las brujas; la otra noche me dejó una escoba en el canalón.

‑¡Uf! ¡Qué cara tan horrorosa tiene ese jorobado!

‑Pues, ¡cómo será su alma!

Los hombres, por el contrario, aplaudían encantados.

Quasimodo, objeto de aquel tumulto, permanecía de pie a la puerta de la capilla, triste y serio, dejándose admirar.

Un estudiante, Robin Poussepain creo que era, se le acercó bur­lón, chanceándose un poco de él y Quasimodo no hizo sino co­gerle por la cintura y lanzarle a diez pasos por encima de la gen­te sin inmutarse y sin decir una palabra.

Entonces maese Coppenole, maravillado, se acercó a él.

‑¡Por los clavos de Cristo! ¡Válgame San Pedro! Nunca he vis­to nadie tan feo como tú y creo que eres digno de ser papa aquí y en Roma. Al mismo tiempo, y un canto festivamente, le pasaba la mano por la espalda. Como Quasimodo no se movía, Coppe­nole prosiguió:

‑Eres un tipo con quien me gustaría darme una comilona, aun­que me costase una moneda nueva de doce tornesas. ¿Te hace?

Quasimodo no contestaba.

‑¡Por los clavos de Cristo! ¿Pero eres sordo o qué?

Y en efecto, Quasimodo era sordo.

Sin embargo, estaba empezando a impacientarse por los mo­dales de Coppenole y de pronto se volvió hacia él, con un rechi­nar de dientes tan terrible, que el gigante flamenco retrocedió como un buldog ante un gato. Se hizo entonces a su alrededor un círculo de miedo y de respeto de, por lo menos, unos quince pa­sos de radio. Una vieja aclaró entonces a maese Coppenole que Quasimodo era sordo.

‑¡Sordo! ‑dijo el calcetero con una enorme carcajada flamen­ca‑. ¡Por los clavos de Cristo! Es un papa perfecto.

‑Yo le conozco ‑dijo Jehan, que había bajado por fin de su capitel para ver a Quasimodo de más cerca‑; es el campanero de mi hermano el archidiácono.

‑¡Hola, Quasimodo!

‑¡Demonio de hombre! ‑dijo Robin Poussepain, un tanto contusionado aún por su caída‑: Aparece aquí y resulta que es~ jorobado; se echa a andar y es patizambo; lo mira y es tuerto;

hablas y es sordo. ¿Pues cuándo habla este Polifemo?

‑Cuando quiere ‑respondió la vieja‑; es sordo de tanto to­car las campanas, pero no es mudo.

‑Menos mal ‑observó Jehan.

‑¡Ah!y tiene un ojo de más ‑añadió Pierre Poussepaia,

‑No ‑dijo juiciosamente Jehan‑. Un tuerto es mucho más incompleto que un ciego, pues sabe lo que le falta.

Mientras tanto todos los mendigos los lacayos, los ladrones i junto con los estudiantes habían ido a buscar en el armario de la I curia la tiara de cartón y la toga burlesca del papa de los locos.

Quasimodo se dejó vestir sin pestañear con una especie de do. cilidad orgullosa. Después le sentaron en unas andas pintarrajea­das, y doce oficiales de la cofradía de los locos se lo echaron a hom­bros. Una especie de alegría amarga y desdeñosa iluminó enton ces la cara triste del cíclope, al ver bajo sus pies deformes ague­Ilas cabezas de hombres altos y bien parecidos.

Después se puso en marcha aquella vociferante procesión‑de an­drajosos para siguiendo la costumbre dar la vuelta por el inte rior de las galerías del palacio, antes de hacerlo por las plazas y calles de la Villa.

 

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31 Estos mascarones del Pont‑Neuf, atribuidos a Germain Pilon, habían impresionado mucho a Víctor Hugo y los cita en varias partes de s obras.

32 Joseph Sauveur (1653‑1716) fue, a pesar de su sordera, el creador de la acvstica musical, calculando el número de vibraciones de un sonido. Fue sordomudo hasta los seis años.

Jean Biot, astrónomo y matemático, vino, entre otros, a España para la medición del meridiano.

(33) Frase de Napoleón, aunque, naturalmente, en sentido muy alejado del que nos ocupa.

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Final del capítulo VI del Libro primero

La Esmeralda

‑¡Camaradas! ‑gritó de pronto uno de aquellos tipos de la ventana: ¡La Esmeralda! ¡Está en la plaza la Esmeralda!

Estas palabras produjeron un efecto mágico y la poca gente que aún quedaba en la sala se precipitó hacia las ventanas, subiéndose a los muros para ver, al mismo tiempo que repetían: ¡la Esmeralda! ¡La Esmeralda!

Desde la plaza se oía un gran ruido de aplausos.

‑Pero, ¿qué es eso de la Esmeralda? ‑preguntaba Gringoire, juntando las manos desesperadamente‑. ¡Dios mío! Parece que ahora les ha tocado el turno a las ventanas ‑volvióse hacia la mesa de mármol y vio que la representación se había interrumpido de nuevo. Era justo el momento en que Júpiter tenía que aparecer con su rayo; pero Júpiter se había quedado inmóvil, al pie del escenario.

‑¡Miguel Giborne! ‑le gritó irritado el poeta‑. ¿Qué haces ahí? Te toca a ti. Sube ahora mismo.

‑No puedo ‑dijo Júpiter‑; un estudiante acaba de llevarse la escalera.

Gringoire miró y vio que efectivamente era así y que esta circunstancia cortaba toda la comunicación de la obra entre el nudo y el desenlace.

‑¡Qué simpático! ‑murmuró entre dientes‑. ¿Y para qué ha cogido la escalera?

‑Para poder asomarse y así ver a la Esmeralda ‑respondió compungido Júpiter‑. Vino y dijo: ¡Anda! ¡Una escalera que no sirve para nada y se la llevó!

Fue el golpe de gracia. Gringoire lo recibió con resignación.

‑¡Podéis iros todos al diablo! ‑dijo a los comediantes‑; y si me pagan a mí, cobraréis también vosotros.

Y se retiró cabizbajo, pero el último de todos, como un general que ha luchado con valor. Luego, mientras bajaba por las tortuosas escaleras del palacio, iba mascullando entre dientes:

‑¡Maldita retahíla de asnos y buitres! ¡Vienen con la idea de asistir al misterio y... nada! Todo el mundo les preocupa: Clopin Trouillefou, el cardenal, Coppenole, Quasimodo..., ¡el mismísimo demonio incluso!, pero de la Virgen María no quieren saber nada. Si lo llego a saber... ¡Vírgenes os habría dado yo a vosotros, papanatas! ¡Y yo que había venido con la idea de ver los rostros y sólo las espaldas he podido ver! ¡Ser poeta para tener el éxito de un boticario! En fin; también Homero hubo de pedir limosna por las calles de Grecia y Nasón(35) murió en el exilio entre los mos­covitas, pero... que me lleven todos los demonios si entiendo lo que han querido decir con su Esmeralda. ¿Qué significa esa palabra? Debe ser una palabra egipcia (36).

 

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Notas:

 

34.  Se trata de la capilla fundada por Arnauld de Braque donde se plataba el «mayo» al que ya se ha hecho alusión.

35 Nasón, es decir, Ovidio, fue desterrado por orden de Octavio Augus­to a la Costa del mar Negro, pero no entre los moscovitas sino entre los getas; y allí murió.

36 Con el nombre genérico de egipcio se viene a designar en francés a todos los nómadas, como bohemios, gitanos, zíngaros...

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