|
|
proyecto de lectura y
biblioteca
REVISTA PYTHAGORAS I.E.S. "Pedro Jiménez Montoya" Baza (Granada) |
|||
|
Curso 2008-2009 LIBRO: Un hombre en la oscuridad Paul Auster Traducción de Benito Gómez Anagrama. Barcelona 2008. 207 página
|
Crítica de Libros
Enviado por Bernardo Ríos. IES Maimónides (Córdoba) Para leer un Fragmento del libro
© El País © José Antonio GURPEGUI Un hombre en la oscuridad
Paul Auster En alguna otra reseña de Paul Auster (Newark, Nueva Jersey, 1947) he mencionado la infinita capacidad imaginativa de este premio Príncipe de Asturias de las Letras. Ya en aquella lejana y primeriza La ciudad de cristal (1985, primera entrega de la “Trilogía de Nueva York” que se completaría con Fantasmas, 1986 y La habitación cerrada, 1986), se adivinaba un autor que, sin menosprecio de su capacidad artística, tenía el don de inventar historias tan inverosímiles como deliciosamente literarias. La enigmática y equivocada llamada de teléfono preguntando por un tal Paul Auster que recibe Daniel Quinn, autor de novelas de misterio que publica con el pseudónimo de William Wilson, se convertirá en el desencadenante de una acción trepidante y laberíntica de identidades perdidas y recuperadas, de enredos y coincidencias que simbolizan la realidad angustiosa y vital del ser humano a finales del siglo XX. Los nombres de Pynchon, Barth, Kosinsky…, de todos aquellos que sintieron el modernismo como algo trasnochado y caduco engendrando la esencia del posmodernismo, se antojaban ahora conceptualmente superados. El posmodernismo, en manos de este autor, se combaba y retorcía con un vigor tan singular y renovado que incluso en la académica crítica especializada llegaron a bautizarlo como “alto posmodernismo”. Algunos incluso vimos –o mejor dicho, apreciamos– una nueva reverberación del más genuino y determinista existencialismo de Martin Heidegger. “Sein zum Tode”, “ser para la muerte” (o “nacemos para morir”), había pronosticado el filósofo, y ésa era la máxima a la que debían enfrentarse los personajes en otro de sus títulos primerizos, El país de las últimas cosas. Quienes poblaban las páginas de aquella angustiosa novela se preparaban abnegados para un suicido que era visto como liberación absoluta del caos y de-sorden en el que se encontraban sumidas sus vidas y aquella sociedad degenerada hasta el infinito. Los dos títulos referidos representan para muchos al más genuino y auténtico Paul Auster, el mismo que aparece fiel y puntualmente reflejado en su más reciente novela, Un hombre en la oscuridad. Se trata, además de la novela que más me ha interesado de Auster, la que con mayor intensidad me ha mantenido pegado a sus páginas. No es sólo la mencionada capacidad imaginativa de la historia narrada –tan inteligente y perspicaz como aquélla desarrollada por Woody Allen en la película La rosa púrpura de El Cairo–, sino la propia noción, el complejo concepto generador, que maneja con total soltura y dominio. Además, su prosa se antoja especialmente fluida, brotando con total y absoluta naturalidad y claridad. El protagonista es August Brill, crítico jubilado, quien a sus setenta y dos años se recupera de un inoportuno accidente en casa de su única hija, Miriam; el tercer habitante del domicilio es Katya, la también hija única de Miriam. La madre-hija tiene cuarenta y siete años y la hija-nieta veintitrés, y ahora no existe ningún hombre en la vida de estas dos mujeres: Miriam está separada y al amigo de Katya lo mataron recientemente. Brill pasa buena parte de su tiempo acostado, inventando historias que le ayudan a matar el tiempo. En resumen, “Son una familia apenada, seres afligidos, y todas las noches Brill se queda despierto en la oscuridad, tratando de no pensar en su pasado, inventando historias sobre otros mundos.” (pág. 86) Una de estas “invenciones” –“Brill no escribe nada. Se cuenta la historia en su cabeza” (pág. 85)– tiene que ver con Owen Brick (el propio apellido tiene claras reminiscencias con el Brill de su creador). Sin saber cómo, Brick se encuentra en el fondo de un cilindro de paredes lisas, que ni tan siquiera el Gran Zavello, el nombre artístico con el que Brick actúa como mago, es capaz de escalar utilizando todas sus artes ilusorias. Finalmente el sargento Serge (“Sarge Serge” en inglés original, en lo que parece ser algo más que un guiño al Major Major –Mayor Mayor– de Trampa 22 de Joseph Heller) libera al perplejo Brick de aquella ratonera. Ya en libertad, todo ha cambiado y todo sigue igual. América es América, pero ninguno de los acontecimientos que han alterado recientemente al mundo –como los atentados del 11 de septiembre de 2001 o la Guerra de Iraq– han ocurrido; sin embargo los norteamericanos están librando una nueva y singular Guerra Civil para evitar la escisión de los Estados Independientes de América, ejército del que Brick es cabo del Séptimo de Massachussetts.
Se trata por tanto de dos historias que transcurren de forma paralela: la de August Brill intentando poner orden en su vida y conversando con su apenada nieta, y la del ficticio Owen Brick que se debate impotente atrapado en un caótico mundo de sinsentidos, aunque tal vez sea al revés. ¿Acaso existen las certezas absolutas? En cualquier caso, las vidas de August Brill y Owen Brick siguen caminos sinuosamente paralelos, sobre todo en lo concerniente a su vida amorosa, ya que “prosiguen Brick y Flora el ritmo de su insignificante vida conyugal, esa vida insignificante a la que ella lo ha atraído de nuevo con el sentido común de una mujer que no cree en otros mundos, que sabe que sólo existe la realidad presente de la que formar parte esencial la anestesiante rutina,…” (pág. 115) También Brill tuvo sus cuitas con su difunta esposa Sonia, “extravíos” o “andanzas” como él mismo los califica. Pero si atractivo e interesante es el hilo principal, no lo son menos los mil y un detalles, insignificantes a primera vista pero tan complejos como eruditos cuando se profundiza en ellos, que salpican continuamente la obra. Además de la mencionada irónica evocación a Heller, la filosofía determinista, existencialista, de Auster permanece en el trasfondo de cuanto se nos narra. El primer indicio lo encontramos en el nombre del difunto novio de Katya, Titus. Sus padres lo bautizaron con Titus en recuerdo al hijo de Rembrandt, y el joven finado tuvo el mismo destino que el hijo del pintor holandés: se trata, por lo tanto y sin lugar a dudas, de “un nombre maldito, un nombre que debería retirarse para siempre de la circulación” (pág. 10). Tal vez sea ese fatalismo el que intenta superar, al que intenta sobreponerse el creador de este embrollo, pues como confiesa en lo que tal vez sea la piedra angular de cuanto leemos, “Voy con cautela porque veo que la historia puede tomar un camino u otro, y todavía no he decidido el sentido que quiero darle. ¿Esperanza o desaliento? Existen ambas posibilidades, y ninguna me satisface plenamente. ¿Podemos tirar por el camino de en medio después de semejante comienzo, después de dejar estupefacto al pobre Brick y arrojarlo a los lobos? Probablemente no. Concita, entonces, pensamientos oscuros, y ve al fondo de la cuestión, sigue hasta el final.” (pág. 105). José Antonio GURPEGUI |
|
||
|
© Proyecto de Lectura y Biblioteca Coordinadora: Mercedes Laguna González Proyecto Bilingüe Coordinadora: Elisa María López Cabrera Proyecto Interacción Coordinadoras: Mercedes Laguna González y Elisa María López Cabrera I.E.S. "Pedro Jiménez Montoya" Baza (Granada) C/ Isaac Peral, 2. 18800 Baza (Granada) |
||||