REALIDAD Y FICCIÓN                                                                                                                                                                                                                                                                Edición de la página                                                                       

                                                                           REVISTA PYTHAGORAS        

                                                                  I.E.S. "Pedro Jiménez Montoya" Baza (Granada)                                                       

 

 

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El saco de las ideas

Encarnación Bastida Navarro

 

2º Premios Nacionales de poesía y relato corto para jóvenes escritores

Pedro Jiménez Montoya, 2008.

Primer Premio de Prosa. Modalidad A

 

 

 

     

EL SACO DE LAS IDEAS

 

            Mi abuelo siempre decía que una parte de nosotros se queda en todo lo que forma parte de nuestras vidas de una manera especial. En los lugares que alguna vez visitamos y jamás pudimos olvidar, en las personas que amamos, en los objetos que son valiosos aunque no sean caros. Pues normalmente, el valor de un objeto es inversamente proporcional a su precio. En los besos que damos, en las lágrimas que derramamos, en las promesas por las que luchamos. Pero especialmente, en las cosas que escribimos. Porque son ideas que nacen directamente de nosotros y quedan tras nuestro paso por este mundo, dejando un fragmento de nuestra alma, que cobra vida cuando alguien lo lee.

            Mi abuelo siempre soñó con poder escribir, pero tuvo que ponerse a trabajar siendo apenas un niño, para ayudar a su padre a sacar a su numerosa familia adelante y no pudo ni acabar la primaria. Lo poco que aprendió lo olvidó hace ya muchos años, y hasta su jubilación, nunca tuvo tiempo suficiente, y de viejo ya no se veía con fuerzas para terminar lo empezado.

            Además, él ya había encontrado otra manera de guardar en un papel sus ideas. Las dibujaba. Cogía un bolígrafo y con unos torpes trazos, dejaba testimonio de sus pensamientos. Un día, siendo pequeña, descubrí que tenía la costumbre de meter todos esos papelitos en un saco que guardaba en su habitación, y que incluso a veces lo habría para susurrar en su interior. Inmediatamente después lo cerraba sin pararse a contemplar lo que en otras ocasiones había introducido, como si tuviera miedo de que las palabras emitidas en su interior se pudieran volatilizar al contacto con el aire.

            Desde que tengo memoria, mi abuelo vivía en casa con mis padres y conmigo. Siempre pensé que era un hombre un poco raro. Desde que se murió la abuela dicen que su carácter estrambótico fue a más. Yo no podría asegurarlo puesto que no la llegué a conocer, pero oí comentar alguna vez a las vecinas, creyendo que yo no las oía, que cuando era joven le llamaban “el soñador” y que su fama se fue degradando en “el iluso”, “el tonto” y finalmente, “el loco”.

            Todos le llamaban así sin esconderse, pero a él no le importaba. Realmente parecía vivir en otro mundo. Ahora pienso, que simplemente veía el mundo desde un ángulo distinto al de los demás, que iba más allá de los convencionalismos y el “qué dirán”.

            Entre tantas costumbres raras que tenía, la que mejor recuerdo es la de irse todas las tardes de paseo. Siempre volvía con los bolsillos llenos de palitos y piedrecitas como si fuera un niño pequeño. Luego se sentaba a observarlos minuciosamente junto a la lumbre, hasta que escogía a los agraciados según sus propios criterios y los guardaba en su saco.

            A mi padre le desquiciaba su comportamiento. Mi padre era un hombre muy preocupado por las habladurías de los vecinos, y le preocupaban los rumores que mi abuelo despertaba con su esperpéntico estilo de vida. Cuando cumplí los dieciocho me vine a la ciudad trayéndole conmigo, para ahorrar así más disgustos a mis padres. Pensé que en un lugar como la ciudad, donde todo el mundo es anónimo incluso entre sus propios vecinos, mi abuelo pasaría más desapercibido.

            Mis padres me mandaban lo que buenamente podían mientras yo estudiaba y trabajaba al mismo tiempo. Sería mentira decir que vine únicamente por mi abuelo. Estaba deseando salir de allí. Lejos de las malas lenguas y los chismes con ojos hasta entre las pelusas de debajo de la cama. Vine para sentirme más libre. Y creo que hice lo correcto.

            A mi abuelo, el cambio de domicilio le pareció perfecto. A la ciudad se trajo sólo un petate con ropa y su preciado saco. Ni fotos, ni nada que quisiera conservar de recuerdo. Insistía en que todo lo que es preciado no cabe en una maleta, y que todo lo que quería recordar estaba en su mente, en su corazón y en su saco.

            Él tardó aún menos que yo en adaptarse a la vida de la ciudad. Perdió algunas de sus costumbres extrañas para adquirir otras. Pero la de pasear todas las tardes la conservó por encima de cualquier otra. Hice de tripas corazón y aguanté todas sus peculiaridades intentando verle como un niño grande. Y no puedo quejarme, la verdad. Siempre que llegaba un poco tarde del trabajo, la cena ya estaba hecha y la mesa puesta. Aunque a veces me encontrara su ropa interior en el cajón de los cubiertos o vasos de agua por doquier, ayudaba en la casa y no me importunaba nunca mientras estudiaba.

            Recuerdo que un día volvió algo más tarde de lo normal de su paseo diario, pero respetando el margen de libertad mutuo de no hacernos preguntas de ámbito personal, no dije nada. Pero al cabo de dos semanas llegando cada día más tarde empecé a preocuparme por si ahora ya no controlaba la noción del tiempo, o si es que le costaba recordar el camino a casa.

            Su respuesta fue simple: “Me he enamorado” dijo con una sonrisa de oreja a oreja y las mejillas color grana. La escena me resultó extraña. No quise preguntar más pero él no necesitó más aliciente para romper la barrera del silencio que nos separaba y confesar su idilio.

            En el parque por el que solía pasear había tenido, según él, la “maravillosa suerte” de encontrarse con una anciana llevando a sus nietos a jugar. Al principio sólo la observó emocionado sin más. Pero con los días, sintió que no bastaba con mirar. Y sin los tropiezos que supone la vergüenza adolescente se acercó a decirle que era la mujer más linda que había tenido nunca el placer de encontrarse.

            Al parecer, ella no le tomo en serio al principio, pero la estaba galanteando, y la dama respondía afirmativamente al cortejo con la sucesión de los días que pasaban juntos en el parque, viendo jugar a los nietos de ella.

            No quise saber más. Lo adjudiqué a demencia senil y deje el asunto correr. Si quería jugar a los adolescentes enamorados a mí no me incumbía. Si a la mentada señora, si es que realmente existía, le parecía mal, ya se encargaría ella de quitárselo de encima.

            Pasaron los meses, y todos los días iba al parque y volvía sonriente, con la mirada perdida. A veces canturreando cancioncillas de amor de José Luís Perales, y otras se acercaba a mí para decirme lo maravilloso que era el amor, y que me enamorara pronto.

-Si yo tuviera tu edad, menos estudiar y más novios. Que para trabajar ya habrá tiempo, pero el amor no puede faltar. Ojala hubiera yo conocido antes esto-insistía.

-¿Y la abuela?

-¡Eso no era amor! Eran otros tiempos. Y la convivencia te da el cariño. Pero ¿amor? ¡no, que va! ¡Ay, que lástima no saber escribir para poder componerle un soneto! ¡Nunca lo lamenté tanto como ahora!-Suspiraba.

            Normalmente a mitad de su discurso me marchaba y él seguía como si nada. Y así siguieron las cosas durante casi dos años, entre suspiros y dibujos de corazones que a menudo guardaba en su saco. Tanto el dibujo como el suspiro. Cosa que a veces me soltaba la risa floja. Pero él parecía no darse cuenta, o fingía no hacerlo.

Hasta que un día llegó ya entrada la noche con un trozo de papel en la mano arrugado y los ojos enrojecidos. Entre lo que pudo decir y lo que leí entre líneas, deduje que el nieto de la señora había hecho de mensajero de su abuela con dicha nota. Y mi abuelo, sin ninguna vergüenza por su ignorancia, le había pedido que se la leyera. Antes de concluir la torpe lectura del niño ya lloraban los dos abrazados.

            Me tendió la nota y la leí con el corazón encogido. Descubriendo como verdadera, la existencia de la cortejada, y no sólo eso, sino que la susodicha había sufrido una trombosis y la habían llevado al hospital la noche anterior. Ya se encontraba mejor, pero pedía a mi abuelo que la esperara porque no podría ir al parque en una buena temporada. Le suplicó que no fuera a verla al hospital para que sus hijos no supieran nada.

            A pesar de todo, mi abuelo fue al hospital y preguntó a las enfermeras en que habitación estaba. Al verle tan emocionado no supieron negarle la información. Pero él se negó a subir, sólo les pidió que le subieran una flor y que ella lo entendería.

            La flor, era la favorita de ella, uno de los pensamientos que crecían en el parque donde se encontraban.

            Todas las tardes, fue con una flor en la mano, recién arrancada, para su amada. Y después, se dedicaba a rondar bajo la ventana esperando ver el menor indicio de la presencia de su dama. La estancia de ella en el hospital se prolongó hasta tres semanas, en las que parecía no presentar mejoría. Hasta que una tarde, mi abuelo apareció en casa, con la mirada perdida y el pensamiento en la mano.

            No hicieron falta más palabras. Le abracé para transmitirle mi condolencia, pero él no derramó una sola lágrima. Se sentó en un rincón con la flor en la mano y no se movió de allí en toda la noche.

            Cuando me levanté al día siguiente, él seguía mirando la flor con expresión vacía. Sabía que las palabras de consuelo no servirían, por lo que no dije nada. Le dejé allí esperando a que se sobrepusiera de su dolor sin poder hacer nada.

            Al volver del trabajo, me encontré una escena bien distinta. Se había puesto su mejor atuendo y se estaba peinando.

-¿Vas a salir?-pregunté tímidamente.

-Sí. Me voy a buscarla-dijo escueto.

-¿¡Qué!?-me alarmé.

-Me dijo que me amaba y que la esperara a que volviera del hospital. Si ella no puede volver, iré yo a buscarla. Sé que no puede andar lejos.

            Sin decir más, salió de la casa. Parecía tranquilo y relajado. Por un momento pensé que aquello había afectado a su cordura. Pero decidí dejarle salir. Tal vez ir al parque y no encontrarla le ayudara asimilar la pérdida. Cada uno expresa el dolor a su manera. Con estos pensamientos me tranquilicé y me dispuse a poner la mesa y a preparar la cena de los dos por sí volvía pronto.

            Nunca volvió.

He llegado a creer que realmente encontró la manera de irse con ella, en cuerpo y alma. Aunque tal vez sea sólo porque es mejor pensar en un final feliz. O será que la locura es contagiosa como dicen algunos. Pero la cuestión, es que he aceptado que no va a volver. Eso lo supe desde el primer día. Si está vivo o muerto en alguna parte es un tema en el que ni siquiera pienso.

            Prefiero pensar que sigue, como él mismo decía, en todas las cosas que un día le importaron. Que sigue en esta casa, en su habitación, en mí… y en su saco. Pues ese fue siempre su deseo.

            Un día me planté delante de él y lo miré largo rato. Pensé en cobrarme el disgusto por su desconsiderada marcha viendo en su interior. Viendo esa parte de sí que siempre ocultó al mundo. Pero no tuve el valor de hacerlo. Porque sabía que si lo había dejado allí, era para no dejarme sola del todo. Que siempre estaría dentro de él como había prometido tantas veces. Lo único a cambio era no resolver el misterio de su interior. ¿Quién soy yo para romper el hechizo?

            Lo cogí entre mis brazos con cariño, dándole el último abrazo que a mi abuelo no le pude dar. Desaté la abertura con delicadeza, e imitando los gestos que él siempre hacía, y con cuidado de no mirar, susurré: “Te echo de menos”

            Y lo dejé en su esquina. Ahí sigue todavía, dándome su cálida compañía, y custodiando en su interior mis ideas, junto con las de mi abuelo.

 

 

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© Encarnación Bastida Navarro. Primer Premio de Prosa. Modalidad A

2º de Bachillerato

IES: Licenciado Francisco Cascales. Murcia.

© 2º Premios Nacionales de poesía y relato corto para jóvenes escritores

Pedro Jiménez Montoya, 2008.

 

 

 

 

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