REALIDAD Y FICCIÓN                                                                                                                                                                                                                                                                Edición de la página                                                                       

                                                                           REVISTA PYTHAGORAS        

                                                                  I.E.S. "Pedro Jiménez Montoya" Baza (Granada)                                                       

 

 

Revista Pythagoras

 

 

 

 

 

 

 

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Edwin Sonne

Héctor Sánchez Casas

 

2º Premios Nacionales de poesía y relato corto para jóvenes escritores

Pedro Jiménez Montoya, 2008.

Primer Premio de Prosa. Modalidad B

 

 

 

 

Atravesaba la cortina de agua con una suave melodía producida por sus grandes botas. Llevaba las manos en los bolsillos de la chaqueta y el agua le chorreaba por el descuidado cabello. Su mirada, imponente, centelleaba en medio de la tormenta. Con un ritmo veloz, pero acompasado, llegó a un banco. Justo detrás había un formidable árbol que se perdía en las alturas, sólo iluminado por la mortecina luz de la luna. Se sentó despacio, observándola; era luna llena.

La gotas de agua seguían cayendo y ya habían conseguido entumecerle los músculos. Apretó los dientes y deseó que llegaran pronto. Lo único que se oía era el sonido de las gotas al caer y el silbido de un frío viento de vez en cuando. Las hojas del suelo intentaban girar en remolinos pero la lluvia lo impedía. Optó por cerrar los ojos y esperar.

Al poco tiempo sintió cómo su corazón se aceleraba y pudo escucharlo. La pisada de alguien en un charco rompió la melodía de la lluvia. Abrió los ojos de repente. Por otro lado se escucharon más pisadas. Y por otro, y por otro. Se puso en pie; unas nubes habían tapado la luna.

Tenía pánico. Aquél no iba a ser un encuentro normal. No podía ni imaginar lo que ocurriría, quizás debería salir corriendo. ¡No puede ser! Exclamó mientras caía, con los ojos muy abiertos, sobre el banco. Su respiración se aceleró al distinguir con nitidez el contorno de un encapuchado. Casi al instante empezaron a llegar los demás. Todos se colocaron delante del banco, de pie, escondiendo su rostro bajo la capucha. Había unos que eran más altos que otros. Un escalofrío recorrió todo su cuerpo cuando un rayo iluminó levemente sus rostros. Ni siquiera pudo articular una palabra. Estaba perplejo. ¿Quién me habrá engañado? Se dijo al tiempo que, de un salto, se incorporaba y se alejaba de allí.

Pero un poderoso brazo le sujetó el hombro cuando pasó a su lado. Giró el cuello y vio quién estaba bajo la capucha. Su primera reacción fue asegurarse de que no alucinaba.

-No es posible -murmuró casi sin voz.

Cuando sus miradas se cruzaron todo su cuerpo tembló y las lágrimas saltaron de repente en sus ojos. El encapuchado siguió inmóvil, pero él se sentó de nuevo en el banco, inclinado, con las manos en la cabeza. Pero sólo fue el comienzo, pues acto seguido todos se quitaron su capucha y mostraron el rostro.

Erwin, que así se llamaba, supuso que se hallaba en un sueño. Y, aun siendo un sueño, era el más extraño que en su vida había tenido. Porque,  ¿había alguna explicación posible para que, ante él, estuviera todos sus Yoes anteriores?

Su mirada se cruzó con la de cada uno de ellos. Era como si se mirase en un espejo, pero no en un espejo normal, era como un espejo que reflejaba su pasado. Pero aquello no era posible: él no recordaba haber estado jamás allí anteriormente. Casi de manera involuntaria dijo con un hilo de voz:

-¿Qué queréis?

Todos se giraron y miraron al más pequeño, de apenas cinco años. Éste comenzó a caminar hacia Erwin. Cuando estuvo cerca de él, Erwin sintió una emoción inefable. Allí, a unos centímetros de él, empapado por la lluvia, estaba él, su yo de quince años atrás. Le cogió la mano y lo sentó a su lado. Ahora iba entendiendo: allí estaban reunidos todos sus yoes anteriores desde los cinco años con un salto temporal de un año más o menos entre cada uno de ellos, pues había quince.

Estaba bastante confundido, no podía pensar que aquello fuera real; se aferraba a creer que se trataba de un sueño. Pero se quedó helado cuando una joven con un periódico sobre la cabeza pasó por delante de sus narices corriendo desesperada para no mojarse. Cogió un taxi y se fue. Erwin se había quedado sin respiración.¿Acaso no era un sueño? ¿Acaso aquello era real? ¡Qué horrible forma de enfrentarse al pasado! Pensó afligido. Sin embargo estaba calado hasta los huesos y la tormenta estaba aumentando. Decidió hacer una pregunta.

-¿Cómo te llamas, pequeño? -le dijo con una sonrisa.

-Erwin Sonne -respondió con una vocecilla que le sonaba.

Se le hizo un nudo en la garganta. Sabía cuál era la realidad, sin duda, pero no quería aceptarla.

-Perdón, ¿cómo dices que es tu nombre?

-Erwin, Erwin Sonne me llamo, señor.

Erwin agachó la cabeza y con un suspiro alejó suavemente al niño.

-Y tú, ¿cómo te llamas?  -le preguntó a otro.

De nuevo, la misma respuesta:

-Erwin Sonne.

Comenzó a perder la calma y a ponerse cada vez más nervioso.

-¡Tú! ¿Cuál es tu nombre? Y el tuyo también, ¿Cuál es?

-Erwin Sonne.

-Erwin Sonne.

Fue pasando el dedo de uno a otro para ahorrarse las preguntas. Y todos coincidieron en la respuesta: Erwin Sonne. Perfecto, se dijo. Había estado intentado huir de su pasado con todas sus fuerzas, y de repente, cuando pensaba que se dirigía a una cita inolvidable bajo la lluvia, se encontraba con eso. Respiró profundamente e intentó relajarse de algún modo,si era posible tal cosa.

-¿Cómo habéis llegado? ¿Qué sois? ¿Qué queréis de mí?

El pequeño levantó una mano y acto seguido las gotas de agua se quedaron inmóviles donde estaban; un rayo se quedó a medio camino. Uno a uno se fueron quitando las capas, despacio. Al hacerlo arrastraban las gotas de agua como si fueran pequeñas bolitas de cristal que se golpeaban unas con otras. Erwin sintió una oleada de sentimientos con esos sonidos.

Allí estaba el joven Erwin de ocho años que jugaba a buscar fósiles y coleccionaba minerales, allí estaba el rebelde Erwin de doce años con su chaqueta vaquera y sus cadenas heavies Allí estaba el Erwin de quince años con su rostro de tristeza y su ropa hecha un desastre. Y también estaba allí el Erwin de dieciocho años, con cara de haber pasado mil batallas. Y, también, sentado en el banco, frente a todos ellos, estaba el Erwin de veinte años, o sea, él.

-¿Qué pasó con Laia?

-¿Ganaste el concurso?

-¿Conseguiste recuperarte del accidente?

-¿Qué ocurrió con?

Erwin interrumpió la oleada de preguntas, que no parecía parar.

-No os diré nada. Yo nunca tuve esa información

-Nosotros ya estamos muertos ¿Qué importa que nos lo digas?

Erwin pensó unos segundos.

-Vosotros no estáis muertos, vivís en mí. Yo soy la agrupación de todos vosotros.

El Erwin de doce años se acercó haciendo sonar sus cadenas. Se puso muy cerca.

-Nosotros ya hemos muerto. Tú también estás muerto en cierto sentido. Cada uno de nosotros es individual, somos tu pasado sí, pero no somos tú. Somos otros. ¿Crees que vivirás ochenta años? Todos nosotros lo pensábamos. Yo soñaba con mi guitarra eléctrica, con mi futuro grupo Pero no, yo morí y llegó otro Erwin Sonne. Y ese también murió. Tú morirás como todos nosotros, y le dejarás sitio al siguiente. Siendo estrictos, cada vez que despertamos somos alguien nuevo, y morimos al anochecer. ¿Sabes por qué creemos que no? Por la memoria. Cuando despiertas te miras al espejo; se encienden los recuerdos y entonces crees saber quién eres. Ahora sólo somos tus recuerdos, sólo tu memoria nos mantiene vivos. Y la memoria de los escritos que dejamos. Como todos, memoria serás tú también, aunque como nos decías antes: No te diremos nada tampoco, pues sería muy peligroso saberlo.

Erwin enarcó una ceja con curiosidad.

-¿Saber? ¿Saber qué?

Todos sus yoes se volvieron a poner la capucha y las gotas de lluvia alcanzaron por fin el suelo. Sintió un frío terrible. Cuando quiso darse cuenta, todos habían desaparecido.

-¡Erwin! ¡Erwin!

¿Qué ocurre? Se dijo mientras una voz seguía llamándolo. Entonces la vio: a unos metros llegaba corriendo el motivo por el que había ido allí lloviendo, y con tormenta.

-¡Lo siento! No pude llegar antes Estás chorreando, ¿llevas mucho tiempo aquí? -le preguntó.

Erwin la cogió de la mano.

-No te preocupes, acabo de llegar  --le dijo con una sonrisa.

Ella sonrió ligeramente al ver cómo el agua le caía a chorros por el pelo.

-Erwin

Dio un salto al oír eso.

-No pronuncies ese nombre, por favor.

-¿Qué? -preguntó ella extrañada.

Justo en ese momento volvió a pasar por allí la joven con el periódico sobre la cabeza, con mucha prisa.

 -Demos un paseo. Tengo algo muy interesante que contarte.

 

 

     

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© Héctor Sánchez Casas. Primer Premio de Prosa. Modalidad B

4º de ESO. IES Santa María de Alarcos. Miguelturra (Ciudad Real)

 

© 2º Premios Nacionales de poesía y relato corto para jóvenes escritores

Pedro Jiménez Montoya, 2008.

 

 

 

 

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