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Web de la profesora Mercedes Laguna

 I.E.S. "Pedro Jiménez Montoya" Baza (Granada) 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

“La capitalización de un mito”. 

Carmen Martín Gaite

El País, 23 de diciembre de 1980

                                 

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             La muchedumbre de fans del ex Beatle, alucinada y enardecida, sigue comprando compulsivamente los periódicos con el único fin de que le suministren pasto para incrementar su sensación de pena y orfandad, para alimentar el credo de la naciente y ambigua religión a la que abandonan y adhieren, sin la más mínima reserva de escepticismo o desconfianza. Ni que decir tiene que la prensa sensacionalista, totalmente al tanto de este caldo de cultivo, no escatima los detalles más nimios y baladíes que puedan darle pábulo, contribuyendo así a que su tirada se agote como si fueran rosquillas. En el metro, en los bares donde la gente desayuna aceleradamente antes de ir al trabajo, o de pie por las esquinas de las calles plagadas de luces que anuncian la Navidad, la gente despliega los periódicos y busca con avidez bien visible la página donde venga algún artículo o noticia que siga manteniéndoles la ilusión de que se ha roto el cordón umbilical que les conecta con su dios desaparecido.

            Pocas veces se podrá haber constatado como en esta ocasión que la juventud actual está ansiosa de dioses y que se agarra, como un clavo ardiendo, a cualquier argumento que el destino le depare para encauzar e institucionalizar esta sed reprimida de religión.

            Cuando el domingo pasado, 14 de diciembre, tras los diez minutos de silencio organizados por un invisible agente publicitario, empezó a nevar sobre las 100.000 personas congregadas en Central Park para rendir homenaje a John Lennon, alguien comentó: “Es su sonrisa, que empieza a caer desde el cielo encima de nosotros”. Cuando leí este comentario en los periódicos el lunes, me acordé de que en 1715, a la muerte de la reina maría Luisa de Saboya, se había visto una especie de extraño cometa en el cielo, que el pueblo de Madrid había interpretado como una prolongación de su espíritu sobre el pueblo, y de las críticas que acerca de esta clase de supercherías se habían elaborado del padre Feijoo en adelante. Y me pareció que el tiempo volvía hacia atrás, que no habíamos dado un paso en materia de superstición.

            No es que yo quiera declararme como una redomada racionalista. Simplemente querría llamar la atención sobre el engaño y la falacia que supone desenfocar los temas que adivino arteramente orquestados por la propaganda […]

            Detrás de aquellas ventanas iluminadas, donde el pueblo llano imaginaba llorando a mares a la viuda del ídolo, ella, la altiva y despejada japonesa que habría de contribuir a la propagación del mito, se sentía imbuida del protagonismo y el carisma que le legaba su multimillonario compañero y estaba escribiendo el mensaje que al día siguiente harían público todos los periódicos del país, dando las consignas para el funeral multitudinario llamado a propagar el mito.

            Al día siguiente no sólo en los diarios, sino escritas en sábanas blancas colgadas a lo largo de Broadway, las palabras de Yoko Ono, erigida en diosa que recoge la antorcha, fortificaban y daban coherencia a la naciente religión de los desamparados, de los sedientos de un guía religioso (incluido el desventurado asesino); y, bajo su aparente tono de concordia y amor, a duras penas eran capaces de encubrir el fariseísmo del manager todopoderoso, que trata de disimular arteramente que acaba de heredar treinta millones de dólares.

 

 

                               Carmen Martín Gaite

                  “La capitalización de un mito”. El País, 23 de diciembre de 1980

 

 

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