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REALIDAD Y FICCIÓN
LECTURA, COMENTARIO, CREACIÓN
Edición
de la página
Web de la profesora Mercedes Laguna I.E.S. "Pedro Jiménez Montoya" Baza (Granada) |
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Notre-Dame de Paris Victor Hugo, 1831
Introducción Edición y traducción de Alberto Torrego Salcedo Editorial Gredos, Madrid, 2008
http://www.elcorreodigital.com/vizcaya/ocio/gps/planes/071207/plan-paris.html
GESTACIÓN Y PERIPECIAS DE NUESTRA SEÑORA DE PARÍS
Puede resultar extraño que un encargo semejante le fuera ofrecido a un autor tan joven, pero es que Hugo se había convertido en poeta oficial a raíz de la publicación de la Oda de la consagración, con motivo de la coronación en 1825 del Rey Carlos X a la que, como se ha dicho más arriba, el poeta asistió como invitado. Y además, ya había sido condecorado con la Legión de Honor, junto con Lamartine, también en 1825. Hugo le propuso al editor una obra inspirada en la época de Luis XI, que se llamaría en un principio Nuestra Señora de París-1482 y trataría del final de la Edad Media y principio de los tiempos modernos. Firmó contrato para tenerla lista a principios de 1830 y aparcó el proyecto, que le interesaba en ese momento menos que sus producciones teatrales con las que estaba sentando las bases literarias que le convertirían enseguida en jefe de filas del Romanticismo. Por aquel entonces ya se había publicado Cromwell (1827), cuyo célebre prólogo es el manifiesto más conocido de las leyes que iban a desembocar en el drama romántico: renuncia al clasicismo, introducción de lo grotesco, abandono de las tres unidades hasta ese momento vigentes y búsqueda de fuentes de inspiración más acordes con los nuevos tiempos. Dos años más tarde se estrena Marion De Lorme (1829), prohibida por el régimen de Carlos X, y a principios de 1830 se produce el famoso escándalo conocido como la «batalla de Hernani», en la que, del 25 al 29 de febrero de 1830, función tras función, partidarios y detractores de la novedosa manera de hacer teatro van cada día a la función, los unos para aplaudirla y los otros para reventarla, llegando los contendientes incluso a las manos. Entretanto, desde el compromiso adquirido con Gosselin en 1828 hasta 1830, Hugo no escribe una sola línea de la novela, y aquel decide darle un ultimátum. El autor recopila en poco tiempo la mayor parte de la documentación necesaria y se pone manos a la obra entre junio y julio de 1830, muy agobiado por las condiciones y la premura de los plazos impuestos por el editor. Pero casi al mismo tiempo da comienzo la primera de las llamadas revoluciones románticas, la de 1830, que supone una explosión de ira popular contra la situación de miseria y opresión que viven las clases populares, agravada por medidas políticas que el siniestro monarca Carlos X pretende imponer, tales como la disolución de la Cámara, el recorte de la libertad de prensa y la restricción del derecho a voto. La revuelta estalla. El Rey es depuesto y da comienzo la Monarquía de Julio. La revolución del 30, como la del 48 comentada más arriba, va a dar lugar a transformaciones de poca trascendencia desde el punto de vista de la justicia social, pero sin duda aquellos días en que París se levantó en armas, burgueses y obreros codo con codo (en apariencia al menos), durante las célebres jornadas las «Tres Gloriosas», del 27, 28 y 29 de julio de 1830, son tan importantes en la historia de Francia como para hacer exclamar al entusiasmado abuelo de Settembrini, personaje clave de La Montaña Mágica de Thomas Mann: «Algún día los hombres [compararán] aquellos tres días con los seis de la creación del mundo». ¡Nada menos! En el asunto que nos ocupa las «Tres Gloriosas» vinieron a echar un capote a Victor Hugo, quien, astutamente, elaboró una estratagema que le permitiera pedir una prórroga en la entrega del manuscrito a Gosselin, arguyendo que en aquellos días de locura y barricadas, durante un traslado de documentos para preservarlos, había extraviado un cuaderno que contenía anotaciones imprescindibles para la redacción de la novela. Cierto o no, la prórroga le fue concedida y ello supuso un respiro en la presión del escritor. A partir de entonces se encerró y se dedicó en cuerpo y alma a la redacción de Nuestra Señora de París. La historia que teje V. Hugo en torno a Claudio, Jehan, su hermano, Quasimodo, la Esmeralda y Gringoire, es una telaraña en la que unos son moscas, otros arañas y otros ambas cosas. («¡Ay, Claudio, Claudio —se dice Frollo a sí mismo— eres la araña, pero eres la mosca también!»[2]). [……….] (Cuando termines de leer el libro, lee el párrafo que falta aquí)
A lo largo de las más de trescientas sesenta páginas de su novela, Hugo va desgranando los temas que le preocupan y que van a acompañar, algunos de manera obsesiva, toda su obra: la fatalidad, el progreso, el fracaso de la institución familiar, el mundo carcelario, el castigo, el poder de la Iglesia, el poder del estado, el deseo, la salvaguarda de los monumentos históricos, la mezcla de lo sublime y lo grotesco, los principios opuestos, los viejos y los nuevos tiempos, la crueldad, la mentira, la marginalidad, lo monstruoso, el pueblo. Unas veces estos temas se tratan de manera explícita en los capítulos-paréntesis (Libro tercero, Libro quinto), otras veces en filigrana, al hilo del relato. Y como telón de fondo de todo ello, la catedral de París, majestuoso espacio trágico, indiscutible protagonista de la obra desde el propio título. La catedral de París representa la transición del arte románico al arte gótico, el paso de una época a otra. Desde lo alto de sus torres escruta la ciudad y sus gentes y asiste al movimiento hormigueante de sus calles y plazas. La catedral lo ve todo, lo controla todo desde esa H de sus dos torres (H de Hugo); ella vigila las ejecuciones de la Plaza de la Gréve, las torturas de la picota, los celos del arcediano, los sucesos de la Explanada, los amores frustrados, las fiestas y episodios en la residencia Goznelaurel, los movimientos de la jacarandaina que se aproxima a asaltarla, y hasta la luz de los aposentos del Rey en la lejana Bastilla. Ella da asilo a la inocente Esmeralda, es testigo mudo de los manejos de Claudio Frollo, acoge el cuerpo destrozado de Jehan en uno de sus aleros. En situación de peligro le proporciona al jorobado los elementos para su defensa y los asaltantes están convencidos de que el propio edificio, en un ejercicio de autodefensa totalmente legítimo, se encarga de rechazarlos con violencia. Incluso la palabra clave «sobre la que se escribió este libro», se halla grabada en una de sus paredes. La catedral observa la Historia y actúa sobre ella.
Es en este punto donde se descubre una obra de gran envergadura: Nuestra Señora..., que bebe de las fuentes de la novela por entregas, de la novela gótica y de la novela fantástica, posee un primer grado de lectura del que el propio autor nos proporciona una pista cuando al comienzo del cap. II del Libro quinto, pide disculpas de este modo tan políticamente incorrecto para el punto de vista de hoy en día: Nuestras lectoras nos perdonarán por detenernos un momento a buscar cuál podía ser el pensamiento que se encerraba en esas enigmáticas palabras del arcediano: Esto matará a aquello. El libro matará al edificio. Así, si bien V. Hugo no renuncia a obtener con la novela un éxito popular que sin duda logró («nuestras lectoras» eran las destinatarias habituales de las novelas populares y se entiende que su interés estaba centrado en la intriga exclusivamente), lo que verdaderamente pretende Nuestra Señora... es ser espejo de la realidad política y social de la Francia de la primera mitad del siglo XIX. Y es que el contexto político, social y cultural de la Francia de 1831 es agitado. Desde la Revolución de 1789 el país no ha tenido un período de estabilidad que haya durado más allá de veinte años. En el momento en que la novela se publica, está en camino un cambio político de gran calado: la Monarquía de Julio de la rama de Orleáns acaba de sustituir a la Restauración de los Borbones, cuyos seguidores van a intentar en repetidas ocasiones dar la vuelta a la situación de forma violenta. La burguesía ha triunfado plenamente y logrado suplantar a la nobleza. Los movimientos obreros, como se ha visto, empiezan a despuntar en medio de las muy difíciles condiciones de vida de los trabajadores, ocasionadas por la revolución industrial en pleno apogeo. Los escritores más jóvenes se agrupan dando lugar al movimiento romántico, que preconiza un liberalismo sin matices en lo político, lo cultural y lo social.
De esta situación Nuestra Señora...
se hace claramente eco: el declive del
feudalismo e inicio del Renacimiento es una
referencia al fi El espíritu humano no me parece que se preocupe de lo VERDADERO más que en lo que se refiere al carácter general de una época; lo que le importa sobre todo es la masa de los acontecimientos y los grandes pasos de la humanidad que arrastran a los individuos; sin embargo, indiferente a los detalles, le agradan menos reales que bellos, o más bien grandes y completos. Victor Hugo sabe de sobra lo que quiere transmitir al lector y su compromiso con la verdad histórica le importa menos aún que a su, todavía por entonces, amigo Vigny. En realidad, personajes de cuya existencia las crónicas puedan dar fe, hay muy pocos en Nuestra Señora... Apenas el Rey Luis XI, que ya había sido puesto de moda por Walter Scott en Quintín Durward, su siniestro acompañante Tristán la Ermita y Pedro Gringoire, este último totalmente transformado respecto a lo que en realidad fue. Todos los demás son creaciones más o menos simbólicas del autor, que sabe explotar como nadie el gusto de su tiempo por la Edad Media, como ya había hecho en Odas y Baladas (1826). Su compromiso, pues, con la realidad histórica no le inquieta lo más mínimo, como lo muestra este comentario acerca de Quintín Durward en 1823: ...yo prefiero creer antes en la novela que en la historia, porque prefiero la verdad moral a la verdad histórica. (...) Un novelista no es un cronista[4]. Más concretamente, refiriéndose al plan que tiene proyectado ara Nuestra Señora..., afirma: [Nuestra Señora de París] es una pintura de París en el siglo XV y del siglo XV a propósito de París. [...] El libro no tiene pretensión histórica alguna, si no es la de pintar con algo de ciencia y conciencia, pero sólo a base de visiones de conjunto y de destellos, el estado de las costumbres, creencias, leyes, artes, de la civilización en suma, en el siglo XV. Por lo demás, no es eso lo que importa en el libro. Si algún mérito tiene, es ser obra de la imaginación, del capricho y de la fantasía[5].
[……….]
Comenta García Gual que la novela histórica ofrece la posibilidad de dar voz y protagonismo a personajes y grupos sociales habitualmente marginados o despreciados: «Unas veces [la novela histórica] nos presenta a los grandes actores de la Historia; otras, a gentes ignoradas por los historiadores, que sufren su drama privado enmarcado en una época histórica de fuerte colorido» Así, en efecto, numerosas páginas de Nuestra Señora... se ocupan de dar relevancia al enjambre humano de la Corte de los Milagros y del pueblo de París, a cuya cabeza suele estar Jehan Frollo, hermano díscolo del arcediano, que termina haciéndose de la carda y desempeña un papel importante en el desarrollo de la acción, sobre todo en los primeros capítulos y en los últimos. El lector saboreará con especial delectación los Libros segundo y décimo, en los que además ese relieve se ve reforzado por el lenguaje que el autor pone en boca de los personajes de la carda y que será objeto de comentario más adelante. La acogida de la crítica a la aparición de Nuestra Señora de París fue buena. Desde un primer momento tuvo una enorme repercusión popular y casi unánimemente se elogió su poder de evocación de ese París del siglo XV «que el novelista nos exhuma como una Pompeya feudal»[6], así como el estilo variado de la obra y el genio que Hugo demuestra en todos los momentos de la narración. Alfred de Vigny se muestra particularmente complacido y le escribe al autor en una carta fechada el 25 de marzo de 1831: Estoy encantado, mi querido Victor, transportado, cautivado. Acabo de comprar su libro, estoy en las escaleras de Nuestra Señora y no paro de mirarla, todavía deslumbrado por la gran arquitectura. Voy a volver a leer esta obra sorprendente y cuando haya terminado (...) le diré si encuentro en ella algún defecto. La fascinación de Vigny tuvo probablemente consecuencias en su novela Stello del año siguiente (1832). Algo tuvo que ver la escena de […] en Nuestra Señora... con la otra espléndida y mágica en la que el doctor Noir presencia desde la ventana de su casa la llegada de la carreta de condenados a la guillotina a la plaza de la Revolución y la ejecución de todos ellos. En ambos casos se trata de descripciones de inolvidable maestría[7]. El narrador se convierte en un voyeur (Quasimodo y Frollo, por un lado, y el doctor Noir por el otro), testigo mudo, horrorizado y cautivado a la vez por el espectáculo. Théophile Gautier, por su parte, considera ya el libro como un clásico y como la novela más popular de su época. Michelet afirma que Hugo «ha levantado, junto a la vieja catedral, una catedral de poesía de cimientos tan sólidos como los de la otra». El éxito de Nuestra Señora... pone de moda el gótico y hace popular la lucha de Montalembert y de Mérimée en defensa del patrimonio medieval en Francia. El más que evidente anticlericalismo de la obra, sin embargo, acarreó a Hugo más de una crítica por parte de aquellos de sus amigos más religiosos, que veían en la historia dosis excesivas de materialismo y aspereza en el trato a la Iglesia. Lamartine, al tiempo que hace un encendido elogio de la obra, afirma: «Es inmoral por la falta de Providencia tan sensible; hay de todo en ese templo de usted, excepto un poco de Religión»[8] . Y Montalembert, el político católico, afirma: «La personalidad material [de los personajes] ahoga el germen ideal; no se aprecia huella alguna de una mano divina, ni pensamiento de futuro, ni chispa inmortal»[9]. Sea como sea, las innumerables ediciones de la novela, tanto lujosas como de bolsillo, así como sus arreglos para diferentes medios testimonian su gran vitalidad. Sirva como ejemplo que de la versión «original», aún incompleta de 1831 se hicieron cuatro tiradas, de la quinta edición, tres; en 1832 se realizó la octava edición ya completa y definitiva. Hubo otras tres ilustradas en 1836. Uno de los vehículos más comunes de adaptación de novelas y obras de teatro en la época era la ópera. Son célebres las de Verdi, compuestas a partir de obras de teatro de Hugo: Rigoletto, basada en El Rey se divierte, y Ernani, basada en Hernani. La primera de ellas ha acabado siendo más conocida en su versión musical que en la versión teatral de Hugo. Muchos poemas del autor se convirtieron asimismo en partituras musicales de la mano de Bizet, Gounod, Lalo, Fauré, Britten, Berlioz, Liszt y hasta del mismísimo Georges Brassens en época más reciente. Suponemos a V. Hugo indiferente ante las que pudiera escuchar, pues es sabido que su afición por la música nunca fue grande. El poeta se obligaba a escucharla, pero en el fondo le aburría soberanamente. Incluso confesaba abiertamente detestar el piano, tal vez porque durante años su hija Adéle no hacía otra cosa que tocar ese instrumento en su camino hacia la demencia. Nuestra Señora... tuvo una adaptación operística que se tituló La Esmeralda (1836), con música de Louise Bertin y libreto del propio Victor Hugo. La obra, que se repuso no hace mucho en Besançon para conmemorar el segundo centenario del nacimiento del autor, no se volvió a representar después de su estreno, a pesar de haber sido alabada por Meyerbeer y por Berlioz, quien, por cierto, dirigió los ensayos. Listz, como era frecuente hacer en la época con las óperas relevantes, hizo de ella una trascripción para piano. […] Nuestra Señora de París ha sido también trasladada a ballet por R. Petit con música de Maurice Jarre y vestuario de Yves Saint-Laurent (!); los estudios Disney no podían faltar tampoco a la cita... en forma de dibujos animados. Y en formato cinematográfico tal vez la más conocida sea la decepcionante, aunque ya clásica, versión cinematográfica realizada por Jean Delannoy en 1956, con Gina Lollobrigida en el papel de la gitana, Anthony Quinn en el de el jorobado y Alain Cuny en el de Frollo. A pesar de que uno de los autores del guión fue Jacques Prévert, esta versión carece de ese ambiente misterioso y evocador presente siempre a lo largo de la obra. [1] Hay una excelente traducción de Noventa y tres, con traducción de Alain Verjat Massman. Ed. Gedos, 2004. [2] Libro séptimo, cap. V. [3] Jacques Seebacher, prólogo a la edición de La Pléiade. [4] Quintín Durward o el escocés en la corte de Luis XI (1823). [5] Carta al editor Gosselin de 1829. [6] Revue de Paris, marzo 1831. [7] La referencia de Stello tiene lugar en el capítulo XXXV: “Una tarde de verano”. [8] Carta de julio de 1831. [9] En L’avenir, abril de 1831. ___________________________________________________ Edición y traducción de Alberto Torrego Salcedo Editorial Gredos, Madrid, 2008
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© Mercedes Laguna González Foro Realidad y ficción 18800 Baza (Granada)
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